Atlético

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Caminar en la esperanza

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Es el chaval que habla sobre la mejoría de su Atleti. Es el señor que se ajusta la bufanda al cuello y pasa la mano sobre el rostro del profeta Simeone, acariciándolo cual amuleto, en un gesto al culto por la figura del argentino. Son las caras que miran expectantes; concentradas en lo que viene. Que confían por lo que pueda pasar el martes en Londres.

Se levantan del asiento del metro incluso antes de tiempo. Salen a la estación. Ahí preside, en sus paredes, la Historia del Atlético en forma de escudo recorriendo el tiempo desde 1903. Encaran las escaleras con brío. Tienen ganas de Metropolitano. De fútbol. De ver ganar a su Atleti, por octava vez este año, en Liga. Es el Atleti.

A la salida, las banderas ondean marcando el camino. La enorme, con el escudo del equipo, recae una y otra vez con peso. El de su afición. “Lucharemos juntos”, luce debajo del rótulo con el nombre del estadio. De eso, no hay duda.

Seis grados. El frío se combate con calor en la grada. Ansiosa. Deseosa. Con las misma ganas que obraban a orillas del Manzanares. El Wanda Metropolitano es la perfecta combinación entre la elegancia arquitectónica formal futura y la nostalgia al pasado movida por el sentimiento particular que caracteriza al club colchonero. Eso no se pierde.

En el Coliseo atlético creer es un verbo más que sabido. Son cinco letras que, juntas, superan lo inefable. Creer forma parte del argot religioso de una parroquia que suspiró ante la Real. Que no salió entonada, sí. Que concedió cosas que no debía. Pero que se repuso en otra muestra de coraje y corazón haciendo gala al sólido que preside la antesala a las puertas de acceso al estadio. Lo hizo en el minuto 87.

Griezmann festeja el gol ante la Real Sociedad | Reuters

El Atlético parece haber dado con la tecla. La agudeza verbal lo ha avivado. Ha despertado del letargo a su hombre clave. El Principito fue la guinda a una segunda mitad donde los hombres del Cholo encararon el choque como solo ellos saben hacer: a lomos de la esperanza. Contuvieron a la Real de un Oyarzabal con demasiada libertad en el primer tiempo. Simeone lo sabía. Puso remedio.

Tuvo que aparecer Filipe para resucitar al equipo y meterle en la lucha por ganar tras un centro de poesía. Ahí ya pocos o casi ningún equipo es capaz de contener al Atlético. Cuando se juega en el terreno del sentimiento: a querer gana la zaga rojiblanca. Son tres puntos y balón de oxígeno. Energía para lo místico. Señor, no se olvide de acariciar la bufanda. El martes sí o sí. Ahora, Londres. Es el Atleti.

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