EURO 2016

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Caer, levantarse, creer y vencer

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El ciclo vital de Italia nace del fracaso previo, crece cuando nadie espera su resurgir, se reproduce en la adversidad y muere tras haber vencido. Como una cuestión puramente biológica.

Así es cómo Italia ha construido siempre sus relatos triunfales. Con épica y aprovechando el viento huracanado que le soplaba en contra para reavivar continuamente la llama de su historia. Un fuego que, tras la brillante victoria ante España y pase lo que pase contra Alemania, Antonio Conte ha vuelto a despertar tomando el relevo de los Pozzo, Valcareggi, Bearzot y Lippi.

Desde que se convirtió en la primera gran selección europea gracias a la conquista de los Mundiales de 1934 y 1938 ya con el mantra de la zona Cesarini plenamente instaurado para darle por siempre a la azzurra su vitola milagrera, Italia no ha dejado de renacer de sus cenizas. Si acierta a pulsar el botón que resetea su fe intrínseca y que, una vez en marcha, se convierte en el motor de sus designios, se alimentará de sus propias dificultades y trabas para construir un discurso de sacrificio y martirio y con tela azul coser para sus jugadores una capa que los vista de héroes. De héroes mundanos aparecidos de la nada.

Tras sufrir la posguerra como ninguna selección de las grandes debido a la muerte del Grande Torino, Italia conquistó la Eurocopa de 1968 gracias a la moneda que cayó de su lado en las semifinales ante la URSS y sólo dos años después del estigma de la humillante eliminación ante Corea del Norte. En 1982, tocó el cielo de Madrid y se quedó a vivir en él justo cuando apenas estaba saliendo del túnel del escándalo del Totonero. Y en 2006 levantó el Mundial en la tanda de penaltis cuando su piel estaba totalmente envuelta en la pátina pringosa del Calciopoli y su orgullo agonizaba después de las amargas derrotas de 2000 y 2002 y del fiasco de 2004 en Portugal.

 

Por si fuera insuficiente la redundante epopeya que la actual Italia del comandante Conte aspira a llevar nuevamente hasta el final una vez moldeado el equipo a su imagen y semejanza con el barro recogido de los batacazos que sufrió Lippi en 2010 y Prandelli en 2014, cada versión ganadora de La Nazionale ha estado entreverada por nombres inesperadamente convertidos en leyendas.

Desde Pietro Anastasi, que debutó en la final de 1968 para ser inmediatamente titular en el partido de desempate y sentenciar a Yugoslavia en Roma, pasando por Bergomi, que con 18 años y un solo amistoso como bagaje saltó al descanso del mítico duelo ante Brasil para marcar a los Falcao, Sócrates o Zico y no volver a salir del once ni en las semifinales ni en la final. Desde un Paolo Rossi que acababa de cumplir la sanción de dos años sin jugar, hasta llegar al imborrable Fabio Grosso en 2006 y a cualquiera que logre hacerlo en esta Italia despojada, como desventaja añadida que acaba jugando a su favor, del típico dualismo de los grandes talentos ya vivido con Mazzola y Rivera y con Totti y Del Piero.

Si Italia va a ganar, empieza a hacerlo desde el himno, con los ojos inundados de trascendencia y los rictus inamoviblemente firmes como soldados en formación. Once estampas conscientes de que el sufrimiento por el que seguramente vayan a pasar durante noventa minutos embellecerá su posterior e inevitable victoria. Un triunfo plagado desde el pitido inicial por los mil recurrentes y representativos ademanes de manos tan sumamente italianos y culminado tras el silbatazo final por mil gritos de rabia dedicados personalmente a cada uno de los incrédulos. Es decir, al resto del mundo entero. Tan sumamente italianos también.

 

Antonio Conte fue el maestro de ceremonias que ofició el entierro de la España más ganadora y temida de su historia y sus hombres, los encargados de cavar y remover la tierra sin descanso. Presidiarios de su idea pero entusiasmados como un demente liberado de su celda acolchada y reconvertido en un estajanovista convencido por obra y gracia de su entrenador. Ese entrenador que está marcando las diferencias y que les ha hecho creer que son capaces de los extraordinario pese a ser futbolistas ordinarios. Siempre y cuando ejecuten sin temblores de pulso la idea y la mentalidad a prueba de cañonazos que él les ha construido como arma para pasar por encima de la mayor calidad que casi cualquier adversario va a poner en ristre.

El tan inesperado como fantástico papel de Italia en la EURO 2016 proviene de las emociones combinadas con el intachable trabajo táctico. Del orgullo de defender el área tanto como el escudo, de correr diez metros más al máximo cuando en cualquier otro contexto se habría agotado el depósito de las piernas un par de kilómetros antes, de meter el alma y el pie, de avanzar hacia el área rival con paso seguro y cuchillo en mano cuando la lógica aplastante habría encerrado al equipo a la misma altura que la línea que Buffon defiende y niega y de sentenciar la contienda cuando a cualquier otro le hubiera tocado asumir una prórroga con la cabeza gacha y el ánimo derruido tras todo un partido remando para no terminar llegando.

Profetizar sobre lo que ya ha ocurrido tiene que ser muy fácil y, sin embargo, el equívoco se produce una y otra vez con Italia a pesar de saber a ciencia cierta que otro relato triunfal escrito con tinta azzurra puede desencadenarse de nuevo en cualquier momento. Tan infravalorada como temida. Esa es la historia de Italia. Ciclíca como todas y, al mismo tiempo, impredecible como ninguna.

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