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BVB, cuando el vacío llega al Signal Iduna Park

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Retumba en el oído. El sonido de la Gelbe Wand suena sin cesar como una abeja que zumba en las lindes del polen. Ruge, y ruge, y ruge, y parece incansable su movimiento y su voz, el muro amarillo cobra vida durante las dos horas -o incluso más mientras se va llenando la grada sur entera-. Al final te acostumbras y no le haces caso, deja de llamarte la atención. Te acostumbras a su ruido, a su sonido, acaba de fondo, como una radio olvidada mientras friegas los platos. Y da igual dónde te sientes en el Signal Iduna Park, vas a oírles, tanto si quieres como si no. Apenas oyes los pitidos del árbitro y tienes que estar más pendiente de las banderas de los linieres que de la pelota, para saber si –como tú pensabas- era fuera de juego. Todo esto dura segundos, uno automatiza y los movimientos ya son tan mecánicos como oír la Südtribüne de fondo.

No oyes a los visitantes, muy difícil es superar el sonido de ese imponente bloque de la sección sur del estadio más grande de Alemania. No oyes al árbitro, no oyes tus pensamientos, sólo están las voces de la Gelbe Wand, y –quizás y no te dejas llevar mucho por el partido- tus pensamientos.

Por eso hay un fenómeno que dura tres o cuatro segundos a lo sumo que hace que te despiertes de la ensoñación aurinegra. El silencio. Ese silencio en el estadio. Puedes oír la respiración del que se sienta a tu lado, puedes oír cómo la gente aspira y como tu cerebro intenta encontrar que es lo que no acaba de cuadrar. Es el silencio del muro amarillo. Es el fenómeno que todo equipo que va a jugar contra el Dortmund quiere. Callar al factor más importante del Borussia en casa.

Es realmente impactante, porque de repente viene el silencio, el vacío, que dura un instante, lo que tarda en volverte a latir el corazón, lo que tardas en darte cuenta que los gritos provienen del sector Noroeste, muy lejos del pulmón del Westfalenstadion. Y es extraño. Es como si le hubieran arrancado algo al fútbol. Como si algo se hubiese marchitado, La vida es menos en color y más en blanco y negro y en un instante sientes hasta la pena de los que lloran en la Südtribüne mientras se reponen del golpe.

En ese momento la sincronización entre jugadores y público es una, ves a Bender arrastrar los pies, a Durm escupir y a Subotic gritándole a todo el mundo dando directrices. Y se arrastran para el saque de medio campo, y eso hace la Gelbe Wand, llora, grita y suelta todos los improperios que puede porque cuando rueda el balón. 24454 personas han encogido el corazón durante un segundo, y durante ese momento Dortmund ha quedado vacía. Vacía de emoción y pasión.

Pero claro, esto sólo dura unos segundos. Lo demás es cuestión de jugar al fútbol. Quizás el equipo de Klopp haya bajado el nivel de su fútbol, pero su estadio y sus fans siguen siendo los mismos que se personaron en Wembley. A veces una piensa que quizás es el Borussia y su cuidad los que se construyeron alrededor de ese muro amarillo. Y yo sonrío al pensar en ese señor mayor dirigiéndose a la Südtribüne antes del partido, con una cazadora vieja, desgastada, de esas que han vivido mil noches de fútbol, que en letras amarillas reza: “Nosotros somos Dortmund”.

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