Brasil

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Brasil, ante su revolución necesaria

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Y se acabó el sueño. Brasil vuelve a caer en una Copa América y en una competición internacional. Los pupilos de Dunga volvieron a hincar la rodilla en un torneo continental, sin desplegar el juego esperado por todos de una Brasil a la que, desde hace años, no solemos hacer sino esperarla. Ya no se la ve. No se la siente ni se la intuye. Y en esta ocasión no tuvimos la oportunidad de ver a Neymar. Ese último protagonista de una película llamada “Jogo Bonito” y que parece que han retirado de los cines en Brasil. Sí, de Brasil. Y es que el final de esta película comienza donde nació el primer rodaje, la primera idea argumental.

Un largometraje necesario

El sueño comenzaba entonces en los cálidos campos de tierra. O en sus playas. O en sus calles. Cualquier lugar era bueno. Solo hacía falta un balón. O una pelota de tenis. Fútbol era fútbol, fuera como fuese. Dos rayas pintadas en el suelo, una pintada en la pared… Ni líneas de fuera, ni árbitros… solos el balón y el pie. Es una historia complicada. Pero es difícil no soñar en las favelas. En esa Brasil del fútbol existía un sueño común para todo aquel que viviera entre las barriadas en las que se jugaba entre callejones y solares. El fútbol abrías puertas y posibilidades. Salidas profesionales serias. Sueños. Y ahí nacían también los sueños de todos los que en Europa veían el fútbol carioca. Un fútbol distinto, de jugadores distintos, hechos de otra pasta. Un fútbol divertido, sin esquinas y que fluía entre las líneas de un campo que solo en la mente de esos jugadores seguía estando entre las calles de sus ciudades en Brasil. Ese sentido, ese don, ese aroma… se ha perdido en la necesidad de globalizar el fútbol.

 

Y es que ese fútbol divertido y vistoso dejó de verse como un “Jogo Bonito”. Se quiso copiar la táctica, la técnica y la estructura de los clubes europeos. Hasta el físico. Su forma de tocar la bola, de jugar en el campo, de defender y hasta de atacar. Cómo se había de pasar o cómo había que iniciar el juego desde el área… cómo lanzar las faltas o cómo defender un córner. Todo muy complejo, muy europeo, muy moderno… Todo condenado a asesinar la diversión de quien jugaba sin líneas, sin gradas y sin botas… todo para asesinar la creatividad de aquel futbolista que nunca dejó de ser un niño jugando. De aquellos jugadores que tuvieron que convertirse en futbolistas.

Brasil necesita seguir los regates y no las pizarras…

Hoy Brasil es Neymar. Y Neymar es el Brasil que hemos olvidado. Ese que no nos enfadaba sino que nos entusiasmaba al presentar una finta, un regate o una frivolidad en un terreno de juego. Ese que no escribía en pizarras sino que sabía a quién mandar la bola. Unas veces a Pelé, otras a Garrincha, otras a Rivelino… pero nunca a la grada para perder tiempo, ni a las nubes intentando una jugada ensayada… No era un fútbol de salón. Ni de estrategia. El entrenador entrenaba, pero no cortaba alas. Era un guía. La afición quería espectáculo, si, pero los jugadores, más…

Hoy Brasil es Neymar. Y sin Neymar, lo es menos. En una época en la que Brasil es menos Brasil que nunca. Apuesta menos por los jóvenes, por el talento, por las favelas. Mira más a las escuelas de fútbol, a las empresas de ojeadores, a los grandes clubes europeos. Hoy, Brasil no mira a Brasil, sino a la pizarra. Y así, se perderá siempre las grandes jugadas descalzas, que sin reglas ni árbitros, nadie cuestiona ni analiza. Solo se disfruta. Como siempre hicimos con esta película, con ese Brasil, con ese milagro que hoy debe virar, seguir su camino… volver a su esencia: Jugar, disfrutar. Ser Brasil.

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