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Boskov, el hombre que hizo grande a la Sampdoria

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Joel SIERRABoskov es la Sampdoria y, sobre todo, la Sampdoria es Boskov. La historia entre ambos comienza mucho tiempo atrás, en 1961, cuando el serbio llegó a Génova después de haberse convertido en uno de los grandes centrocampistas del viejo continente, de haber disputado dos Mundiales con Yugoslavia y de haberse mantenido siempre fiel a su amada Vojvodina, el equipo de su ciudad. Aquella relación efímera duró apenas una temporada y tenía todas las características de un amor de verano. Fácil de olvidar, sin rencores, sin recuerdos, superficial. Sin embargo, pasaron casi tres décadas y la chispa volvió a encenderse, esta vez para eclosionar de verdad y de qué manera.

Boskov venía de entrenar a varios equipos en Holanda y en España, de un paso bianual por un Ascoli con mucho dinero por aquel entonces y de haberse convertido en uno de los máximos representantes desde el banquillo de una época de rictus serios y de gabardinas hasta los pies. Volvió a Génova en 1986, a aquel mismo equipo por el que había pasado en el final de su carrera sin hacer apenas ruido. Y ya nunca se fue.

El coleccionista de frases cortas hechas credo, el comunicador parco que ha dejado tras de sí una filosofía única y con un trasfondo mayor del aparente, el motivador directo, sencillo y silencioso que había revolucionado y amenizado los métodos de entrenamiento, tuvo que regresar a orillas del Mediterráneo para quedar prendado futbolísticamente de forma definitiva y, con ello, enamorar a una squadra y a unos tifosi que jamás se sintieron tan grandes como cogidos de la mano de Boskov.

‘Vujke’ se encontró a su llegada con una plantilla repleta de posibilidades inéditas, con Vialli y Mancini al frente y Vierchowod capitaneando la zaga. Junto a él, llegó Toninho Cerezo y más tarde, Pagliuca y Lombardo. Para conquistar Italia, para asaltar Europa. Boskov, ya maduro y cargado de sapiencia, cogió a un equipo que alternaba grandes temporadas con otras bastantes más discretas. Lo pergeñó. Le otorgó una identidad, un proyecto. Lo moldeó y lo elevó a los altares. Lo imaginó por encima de lo imaginable cuando nadie siquiera lo imaginaba.

Las dos Copas de 1988 y 1989 y la Recopa de Göteborg ante el Anderlecht en 1990, fueron el preludio de un Scudetto pionero. El primero y el último de la Sampdoria, en una liga plagada de estrellas nacionales e internacionales que pasaba por ser, seguramente, la competición más fuerte del planeta. Un Calcio hoy tan añorado por los que lo vieron, por los que lo vivieron, por lo que hubieran querido poder verlo y vivirlo.

La Samp de Boskov no tuvo rival en 1991 y fue capaz de pasar por encima de todos. De la Juventus de Roberto Baggio, del Napoli de Diego Armando e incluso de sus dos máximos rivales para la conquista del campeonato, los dos equipos milaneses. El Milan de los holandeses y Sacchi y el Inter de los alemanes y Trapattoni, a los que ganó los cuatro partidos de manera irreprochable con un fútbol demoledor, vistoso, bien trabajado tácticamente y con elementos sobre el campo decisivos como el capocannoniere Vialli. Scudetto bordado en el pecho, sueño palpable, alegría inesperada, estallido desconocido y por ende, casi inasimilable.


Vujadin Boskov hizo grande a esta Sampdoria desde el banquillo

 

Boskov había convertido a la Sampdoria en lo que nunca había sido, un rival temible para todos, capaz de luchar y conseguir cualquiera de los títulos en juego pero quiso todavía más. Quiso tocar el techo continental e instalarse allí donde sólo el arrebato caprichoso de Koeman en Wembley se lo impidió.

La marcha del mejor entrenador de la historia sampdoriana ese mismo verano tuvo su efecto, negativo por supuesto. El equipo empezó a retroceder escalones, se marchó Vialli a la Juventus y la nueva realidad golpeó duramente al club. Boskov tuvo que volver una temporada antes de consumarse el descenso a Serie B –tras haber tenido tiempo para hacer debutar a Totti en Roma y de pasar por Napoli- pero ya no era el mismo, o quizá era el fútbol el que ya no lo era.

“He ganado varios títulos pero ninguno equiparable a aquel Scudetto en el que nadie contaba con nosotros”. Vujadin convirtió a la Sampdoria en icono de su tiempo, otorgándole un ciclo de oro, una espiral de éxito que no ha vuelto a repetirse y de la que no se espera su regreso. Mihajlovic -con quien coincidió en Roma, en su segunda etapa en la Samp y en la selección yugoslava- se daría por satisfecho con aspirar a conseguir un 10% de lo que su añorado maestro logró en la capital ligur.

El entrenador de Novi Sad ha dejado su huella indeleble allí por donde ha pisado pero ninguna es tan profunda e inquebrantable como la que dejó en la Génova blucerchiata. Boskov llevó a la Sampdoria “más allá de los límites de lo imposible, a lo más alto de la clasificación, por encima de las nubes”, tal y como rezaba el comunicado de la sociedad al conocerse su triste fallecimiento.

Un hombre emblemático, de un carisma colosal que se demuestra de manera inmejorable en el total respeto de aquellos que un día sufrieron sus éxitos más que ningunos otros, de aquellos que querían verle siempre perder, que desearían que la Sampdoria de Boskov hubiese sido solamente un mal sueño, un espejismo. “Adiós Vujadin, orgulloso y leal acérrimo enemigo, testigo de un fútbol que ya no existe”. Palabras de los aficionados del Genoa. El paradigma perfecto de su inmensa grandeza.

Mito sampdoriano, leyenda de los banquillos del Calcio y del fútbol mundial, vivirá para siempre, con una camiseta blucerchiata al hombro, en Génova, donde será inmortal por muchos años que pasen. Fútbol es fútbol, solo que a veces y con la despedida de figuras de la talla ciclópea de Vujadin Boskov de por medio, es algo más que eso. Bastante más.

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