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Ben Arfa, talento ilimitado, cabeza descontrolada

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Cuando la cabeza no juega al mismo nivel que tus pies, las posibilidades de convertirse en jugador olvidado, en juguete roto y en eterna promesa son altísimas y es común que los buenos partidos acaben escondidos en un baúl de los recuerdos. Hace poco más de doce meses, la red era un hervidero continuo de vídeos y gifs donde se veía a Hatem Ben Arfa (7 de marzo de 1987, Francia) con la camiseta del Niza realizar una jugada maradoniana tras otra, vacunando sin parar a las defensas francesas que parecían conos al lado de la habilidad del mediapunta franco-tunecino. Hoy, ese mismo jugador está relegado al equipo filial del PSG, cobrando siete millones de euros limpios por temporada, sin actividad prácticamente desde hace un año y sin visos de tenerla durante el próximo curso. Pero para entender dónde está Ben Arfa ahora, es menester repasar la carrera de un chico que pudo ser y no fue.

Que Hatem Ben Arfa es el máximo culpable de todo lo que le ha pasado en su carrera es un hecho consumado indiscutible. Pero también es innegable que no él es la única variable que ha afectado en que no estemos hoy hablando de uno de los mejores jugadores del panorama mundial. Lesiones de seria gravedad, entrenadores tercos y chocantes… La actitud del futbolista siempre ha estado en entredicho, incluso cuando siendo un juvenil se las tuvo tiesas con Diaby (ex Arsenal) en la Clairefontaine (centro de alto rendimiento para los jugadores juveniles franceses), en unas convivencias con los mejores jugadores juveniles del país grabadas en un documental para la FFF. Hijo de inmigrantes, crecido en un barrio marginal y con todo en contra, con más posibilidades de caer en las garras de la delincuencia visto su entorno que ser un futbolista profesional, al extremo del PSG le salvó de una mala vida su magnífica zurda. A día de hoy, no he visto regatear a nadie como Ben Arfa.

A los 15 años, y ya etiquetado como un niño prodigio, abandonó Clairefontaine. Por dicha academia han pasado jugadores de la talla de Henry, Platini, Zidane, Deschamps, Blanc o Thuram, pero Ben Arfa siempre fue considerado uno de los mejores proyectos, por encima de citadas estrellas históricas. Se enroló en las filas del Olimpique de Lyon, pese a que sus equipos de la infancia eran el PSG y el Newcastle, como reveló años después unas fotos de su habitación cuando apenas era un crío de patio de colegio.

Adquirió nivel internacional con la Sub16 y la Sub17 de Francia, donde era el auténtico líder de una generación belga llamada a conquistar el mundo. Unos jóvenes Nasri y Ménez jugaban junto a Hatem, mientras que Benzema solía ser revulsivo en las segundas partes. Esa Francia insuflaba miedo y Ben Arfa era la punta de lanza del equipo. En la final de la Eurocopa de 2004, Francia se impuso a la España de Cesc y Piqué. Pepe Pla, capitán de aquel equipo español, recuerda cómo Ben Arfa era no sólo el jugador más peligroso de los galos, sino del torneo, y cómo le resultaba imposible de parar tanto a él como a su compañero en la defensa, Gerard Piqué. “Era muy habilidoso, dotado técnicamente. Era capaz de realizar driblings y regates en seco a una velocidad enorme. Costaba mucho defenderle”, señalaba Pla.

“Lo conozco bien. Tiene un gran talento”, admitía Piqué al recordar sus enfrentamientos, preguntado el verano de 2016, cuando Ben Arfa estuvo muy cerca de recalar en el Barcelona, aunque al final terminó en París. Aquel torneo proyectó a Ben Arfa como una de las mejores promesas del fútbol mundial y el Lyon espantó al Chelsea haciéndole debutar a los 17 años y ofreciéndole un contrato por tres años a la altura de muy pocos jugadores a su edad. En cinco años con los de Lyon, Ben Arfa cosechó multitud de títulos individuales a mejor jugador del mes, mejor jugador joven y similares. Una pelea en un entrenamiento con el defensa Squilacci acabó derivando en la salida de Ben Arfa al Olimpique de Marsella, eterno rival de los de Lyon.

Ben Arfa desestimó ofertas del Manchester United, Real Madrid y Arsenal (ha sido siempre uno de los sueños de Wenger), todas ellas hechas oficiales por el equipo de Lyon, para seguir jugando en su país, en el equipo que más daño podía hacer a su ex equipo, que le había dado la espalda tras la discusión con uno de los entonces capitanes de la plantilla. Pero nada más lejos de la realidad, en Marsella se encontró a otro de sus peores enemigos: Didier Deschamps. De carácter indomable, nada más llegar a su nuevo club, el mediapunta tuvo un enganchón con Cissé (el delantero fue esta vez el sacrificado saliendo cedido al Sunderland). Tras dos años siendo fundamental en los planes del técnico galo, en un Marsella que acababa de ganar la Liga, Ben Arfa decidió salir. La oportunidad de ir al Newcastle se le había presentado y no la quería dejar pasar. Deschamps, dolido, le hizo la cruz. Ben Arfa acabó saliendo por la puerta de atrás y vio cómo su carrera en la selección, que hoy dirige el propio Deschamps, se ha visto condicionada por la mala relación entre los dos.

Ben Arfa aterrizó en la Premier tras seis años como profesional en Francia, en los que cosechó cinco títulos de Liga, seis Supercopas, una Copa de Francia y una Copa de la Liga. Era una estrella consolidada que a los 23 años podía haber ido al equipo que quisiera. Pero solo quiso ir al Newcastle. Para ello se pudo en rebeldía y, de una manera u otra, lo consiguió. Por eso, desde el primer día, la afición del Newcastle le veneró. Y por eso, cuando cayó lesionado, el dolor de la Army Toon fue doble. Ben Arfa no llevaba ni un mes en la Premier League cuando una entrada de De Jong le partió la tibia y el peroné y condicionó toda su carrera. Fue el 3 de octubre de 2010 y, milagrosamente, Ben Arfa pudo andar después de ello. Tras una doble operación, el jugador empezó rehabilitación de manera milagrosa. “Los médicos me dijeron que si no me hubieran operado rápidamente habría perdido la pierna”, revelaba el jugador, que confirmaba entonces los rumores de amputación que rondaban en Inglaterra.

Exactamente un año después, Ben Arfa volvió a los terrenos de juego y fue titular en un Newcastle que era una máquina de ganar por inercia. Con los senegaleses Ba y Cissé enchufándolo absolutamente todo, con Cabaye organizando en la medular, con Tioté, que en paz descanse, siendo una auténtica máquina robabalones, con la defensa más sólida que se recuerda en el nordeste de Inglaterra y con un Ben Arfa estelar, el Newcastle acabó quinto en Liga, rozó la Champions contra pronóstico y permitió a su afición soñar con un futuro mejor. Cada vez que Ben Arfa agarraba el balón en campo propio y con metros para correr, un ‘oh’ salía de la grada. Si el partido se jugaba en St. James Park, era un murmullo animador de esperanza. Si el Newcastle jugaba de visitante, era un ‘oh’ de crispación, de miedo, de ‘lo que se nos viene encima’. Porque entonces, cada corner en contra despejado era como un penalti a favor. Si Ben Arfa agarraba ese balón, la jugaba acababa en gol.

Y su temporada fue tan maravillosa que, aún sin Deschamps en el banquillo, Ben Arfa acudió a la Eurocopa. Así, con el autoestima por las nubes, arrancó una nueva temporada, con el Newcastle jugando competición europea y preparando el salto para dar un paso más. Pero entonces, tras un año impoluto, se volvió a encontrar con las lesiones. Lo que primero fue una rotura fibrilar sin demasiada importancia se convirtió en un problema mayor cuando, solo 10 días después de la lesión, Pardew le obligó a jugar. Ben Arfa se desgarró, recayó y se quedó en el dique seco tres meses más. Todo el tramo medio de la temporada. La gota que colmó el vaso fue que la misma mala decisión se repitió. Pardew y Coloccini apretaron al jugador en su recuperación, se vistió de corto en Europa League ante el Anzhi… y se volvió a lesionar de un problema muscular que no había estado bien curado. Otro mes más, hasta abril, que le hizo prácticamente desaparecer del equipo hasta el final de temporada.

Volvió con más ganas. Decidido a hacer autocrítica, queriendo volver al nivel que había tenido y había llamado la atención de los mejores equipos del mundo, volviendo a anotar los goles maradonianos que le habían catapultado a ser el rey de Youtube, a estar en las galas de los Premios Puskas al mejor tanto del año como los que hizo ante Blackburn o Bolton. Pero el Newcastle, como institución, no le quiso poner las cosas fáciles.

“Sé que algunos pensarán que estoy loco, pero aún sueño con el Balón de Oro. Estoy convencido de que todavía es posible. No está prohibido soñar. Sigo creyendo que algún día voy a ser el mejor jugador del mundo”, señaló en la prensa inglesa. No solo es él quien lo piensa. “Si hubiera seguido la trayectoria que apuntaba, hoy estaría jugando en el Barcelona con Leo Messi. Técnicamente los dos son iguales”, señalaba entonces Karim Benzema tras ser preguntado por el momento de forma del jugador. “Con el balón le he visto hacer cosas increíbles, cosas que no vi hacer a nadie, pero no tomó bien algunas decisiones de su carrera”, añadía el delantero del Real Madrid. “He decepcionado a mucha gente estos años y he enfadado a algunas también. Pero esas personas estaban en lo cierto, no era muy profesional”, admitía Ben Arfa.

Pero la situación se empezó a encasquillar con Coloccini, capitán, y Pardew y todo se le volvió en contra. Como un matrimonio de conveniencia, Ben Arfa fue siempre titular en el curso siguiente. Ya recuperado de la lesión que le había tenido traumatizado todo el año, pero sin la ilusión de jugar en un equipo en el que el defensa argentino tenía demasiados poderes. Así, al término de la temporada 2013-2014, el Newcastle decidió prescindir de él de la peor manera posible. Alegando que el jugador había vuelto de vacaciones gordo (es cierto que hay fotos suyas poco antes del inicio de la pretemporada pasado de peso) le suspendió de empleo y sueldo y le mandó a entrenar con el equipo reserva. Ben Arfa denunció al Newcastle, publicó fotos de su estado físico en las redes y ganó una vista rápida en el juzgado porque, aunque había llegado pesando un kilo más de lo que se había establecido en el planning de vacaciones, era músculo. Había regresado con un índice de grasa inferior.

Pero su carrera en el Newcastle estaba acabada. Aunque la afición, siempre con los suyos, le venera incluso a día de hoy. Por eso, en uno de los fondos de St. James Park, hubo durante mucho tiempo una pancarta con la cara del futbolista en una imagen del Che (nada de politiqueo, puro encaje de bolillos) con el lema ‘Hope‘ (Esperanza). Un claro mensaje: ‘Queremos que vuelvas, Hatem, eres uno de los nuestros’. Pero Ben Arfa salió al Hull City en el último minuto de mercado. A su visita a St. James Park con el Hull City, y con la prohibición de jugar contra las urracas por contrato, Ben Arfa decidió sentarse entre la hinchada del Newcastle, imagen poco usual. Nunca congenió con Steve Bruce, técnico, y en enero volvió a tener que buscar equipo. El Newcastle, con tal de ahorrarse su ficha, le dio la carta de libertad. Y el Niza, ojo avizor, le contrató.

Pero la FIFA consideró que los partidos jugados con el Newcastle reserva contabilizaban como profesionales y, al haber jugado también con el Hull City, no podía jugar en un tercer equipo hasta que llegase la nueva temporada. Entonces Ben Arfa, destruido, derrotado, con 28 años, anunció que se retiraba. El chico, que había sido un ejemplo en los dos últimos años, que había sido fastidiado allí donde iba por el cartel que traía, que se había contenido, que había madurado y que llevaba dos años queriendo recuperar su nivel de estrella mundial vio cómo no le dejaban jugar, demostrar lo que era y que había cambiado.

El Niza le convenció, le puso un plan específico de entrenamiento y le preparó para que la temporada siguiente, la 2015-2016, volviera a abrir la boca de todos los que le vieron jugar. Y así fue. Con más ganas que nadie de comerse el mundo, con el hambre de victoria y la sed de venganza, Ben Arfa se convirtió en el mejor jugador de la Liga Francesa. Llevó a un equipo de mitad de tabla a luchar por puestos de Champions League hasta el final y, jugando con libertad, sin presión, sin nada que perder, volvió a maravillar. Logró 18 goles y seis asistencias y se volvió a ganar el derecho a decidir. A decidir a qué equipo quería ir y qué sueldo quería cobrar. Porque por su condición de jugador libre en junio de 2016, Ben Arfa no paró de recibir ofertas. Viajó numerosas veces a Barcelona para negociar su contrato con el Barça, su agente fue a Italia a ver a la Juventus y desestimó desde el primer minuto al Bayern de Múnich y a los dos Manchester. Su destino parecía el Camp Nou hasta que se cruzó en su camino su otro gran amor: el PSG. Y en un verano movidito en el que Deschamps, de manera totalmente injusta y contraproducente, decidió no llevarle a la Eurocopa que se jugaba en Francia por puro orgullo personal, Ben Arfa acabó vistiendo los colores de ese equipo cuya bufanda colgaba de su pared cuando solo tenía 10 años.

Nada más lejos de la realidad, el franco-tunecino estuvo poco inteligente cuando de manera paralela el equipo parisino firmó como técnico a Unay Emery. Poco amigo de los jugadores polémicos y de esos a los que hay que dar un poco de cuerda, el entrenador le puso en su lista negra desde el primer día. Y esta es la manera en la que Ben Arfa, cuyo futuro es incierto (termina contrato el próximo junio), está relegado ahora a la plantilla reserva del PSG, sin siquiera la oportunidad de demostrar si merece o no minutos sobre el campo. No se sabe si fueron las exigencias económicas del PSG o su negatividad a salir, el caso es que el francés, que parecía propenso a volver a un Niza donde es ídolo y que quería juntarle junto a Balotelli y Sneijder, se ha quedado en la capital francesa. Un año de vacaciones pagadas. Y es un dolor inenarrable ver cómo un jugador con tanto talento que cuando consigue tener todo en su sitio está a la altura de los mejores del mundo, se acaba esfumando de manera continua como un fantasma.

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