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Australia y la planificación del éxito

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Australia se despertó durante la madrugada del 26 de noviembre de 2001 con el corazón roto. Una semana antes, un gol de penal del defensor Kevin Muscat le había dado la victoria a los Socceroos ante Uruguay, en el repechaje que les permitiría clasificar al Mundial por primera vez en 28 años. Luego de esa victoria, a la que fueron a ver casi 85.000 personas en Melbourne, el cuadro de Frank Farina cruzó el planeta para llegar a Montevideo, donde un doblete del Chengue Morales le rompió la ilusión antes que el sol se asomara por el Teatro de la Opera de Sidney.

Tim Cahill tenía por ese entonces 22 años, jugaba en un club de tercera división inglés y se ganaba la vida en Londres limpiando zapatos por 250 libras semanales. “Me sentía millonario”, le comentó al portal Liverpool Echo sobre aquellos días. Miraba los partidos de Australia por TV porque a los 14 años, durante unas vacaciones en las que fue a visitar a su abuela a Samoa, aceptó el ofrecimiento del entrenador de la selección Sub 20 de ese país para jugar el clasificatorio regional, lo que le impedía ser elegible para su país.

Para ese entonces dentro de la federación australiana ya tenían varios años analizando los caminos que podrían llevarlos a mejorar a su equipo. En un deporte que había demostrado haber ganado terreno ante otros más tradicionales como el cricket o el rugby, en los que cuentan con reconocimiento y títulos mundiales.

Formado en una familia deportista, tres de sus primos son jugadores de rugby y sus dos hermanos juegan para la selección de Samoa, uno de ellos, Chris, es capitán del equipo, el millonario Tim optó por el fútbol pese a probar antes en el badmington y el mismo rugby. Antes de viajar a Londrés, se alistó en el Sydney United hasta que le pidió a sus padres ayuda para viajar a Inglaterra y probar suerte en algún equipo profesional.

A diferencia del equipo que clasificó a Alemania 1974 –del cual se marcharon sin anotar un solo gol-, el conjunto australiano de 2001 ya tenía a varios jugadores en el fútbol europeo. Una generación dorada que luego Guus Hiddink condujo hasta el Mundial de Alemania 2006. Harry Kewell, Mark Schwarzer, Lucas Neill, Mark Bresciano, Mark Viduka o Jhon Aloisi, todos pertenecían a ligas de primer nivel. Aún así, con el mejor equipo de su historia, a Australia le costó clasificar y tuvo que jugar una tanda de penales, de nuevo contra Uruguay, para poder destapar la champaña.

En 2004, la FIFA modificó sus reglas y permitió excepciones para los jugadores que quisieran cambiar de selección. Legalmente a Cahill se le abrió el abanico, tenía la posibilidad legal de representar a Samoa, Irlanda, InglaterraAustralia, pero se decidió por esta última. Luego convenció a Hiddink de ser parte de aquel equipo de 2006, en el que anotó el primer gol de su país en la historia de las Copas del Mundo.


Cambios

 “Durante décadas, el fútbol australiano ha vivido lejos de una competencia real, forzado por su geografía (…) Un día tiene que jugar contra Samoa y al día siguiente contra Argentina”, argumentó el periodista Les Murray para justificar el cambio de Confederación, la solución que habían encontrado los dirigentes australianos a inicios de la década pasada para elevar el nivel de competencia de su equipo, el cual en 2001 llegó a golear a Samoa Americana por un escandaloso 31-0.

Tras alcanzar los octavos de final en Alemania 2006, Australia debutó en 2007 en la Copa de Asia. En Oceanía, los Socceroos se habían paseado durante las seis OFC Nations Cup que jugaron. Perdieron solo dos partidos, las finales de 1998 y 2002. Ganaron cuatro títulos, festejaron en 24 partidos y anotaron 142 goles, dejando una increíble relación de cinco tantos por partido. Su primer partido dentro de la Confederación Asiática fue contra Omán y Cahill tuvo que rescatar a su equipo con un gol en el tiempo de descuento que les permitió salvar un punto para su equipo (1-1). 

“Estoy orgulloso de este equipo. Este debe ser uno de los mejores equipos de Australia en los que he jugado”, comentó Cahill en la sala de prensa del estadio Beira Rio de Porto Alegre tras anotarle un golazo a Francia en el que pudo ser el último Mundial del futbolista de 35 años. Cuando llegue el momento, su salida será la retirada del penúltimo soldado de aquel equipo brillante de 2006. Pronto le seguirá Bresciano y Australia tendrá que mostrar que la época de las vacas gordas dejó algo sembrado en su isla.

A diferencia de 2006, este equipo australiano del Mundial 2014 y de la Copa de Asia 2015 ya no se ha construido sobre la base de excepcionales jugadores. No hay ninguno en equipos punteros de Europa como llegó a estar Kewell en el Liverpool, Viduka en el Newcastle o Bresciano en la Lazio, quienes llegaron a tener papeles importantes en sus clubes. Hoy solo hay un puñado de futbolistas en equipos de alto vuelo como el arquero Langerak, suplente en el Dortmund, o Robbie Kruse, quien tampoco es muy habitual en el Leverkusen. Sus principales jugadores son futbolistas de la segunda o tercera línea, Jedinak, figura del Crystal Palace es el de mayor cartel. Luego aparecen jovenes como Ryan del Brujas, Oar del Utrech o Leckie, del Ingolstadt de la segunda división alemana.  Su fortaleza como equipo reside ahora en el trabajo como grupo. En su capacidad para presionar al rival hasta exprimir sus puntos débiles y crear peligro a partir del equipo y no de la individualidad. Una cualidad que hubiera sido imposible desarrollar enfrentando a Samoa o a Fiyi.

“Jugar en Asia nos ha dado más competitividad, porque nos enfrentamos a equipos de la elite como Japón o Corea. El nivel es muy bueno en la eliminatoria y eso lo necesitábamos porque aquí nos encontramos a grandes rivales. Realmente fue una gran decisión”, argumentó Leckie tras enfrentar en Brasil a Holanda, finalista de tres Mundiales.

Su tesis la secunda un peso pesado del equipo como lo es Bresciano. “Ha sido importante –explicó- porque jugamos con más regularidad juntos. Antes nos veíamos menos y era más difícil prepararnos para el Mundial, tampoco teníamos ninguna oposición. Ahora es mucho mejor, tenemos un grupo fuerte y luchamos contra equipos fuertes”. Justo el mismo argumento que defendía Murray en sus artículos diez años atrás.

“Lo más fácil era ponernos como simples pasajeros, como unos turistas pero vinimos a jugar fútbol y a ganarnos el respeto”, comentó tras caer eliminado del Mundial Cahill, líder de una manada que tiene 10 jugadores con menos de 25 años y que promedia 26 calendarios aun cuando adentro del barco tiene a los 35 cumpleaños del futbolista del Red Bull y otros 34 en la espalda de Bresciano. En el banco está Ange Postecoglou, ex seleccionador Sub20 por casi una década, quien ha liderado la transición generacional. 

Ese respeto es algo que no tenían en 2001, cuando aquel doblete de Morales extinguió sus aspiraciones. Para Cahill, quien vivió la transformación desde adentro, pronto llegará el momento de dar un paso al costado pero detrás vendrá un equipo que se cocinará al fuego alto de una eliminatoria y de una Copa mucho más exigente como lo es la asiática. Un paso determinante para que esta Australia aspire a seguir escalando peldaños. Consolide a sus nuevas generaciones y logre merecidas clasificaciones sin tener que depender de un repechaje contra equipos infinitamente superiores a los que nunca antes había enfrentado. El suyo es un éxito planificado desde las oficinas y plasmado en la cancha.

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