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Arsenal – Arsène Wenger, una relación que se apaga

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El cielo enrojecido, ambición aplacada. Nuevamente esas huellas, sobre la pólvora mojada. De pasos que se alejan. De otra noche aciaga. Porque el balón de las estrellas, se la tiene jurada. Como cada año por estas fechas, el Arsenal acude fiel a su cita con el fracaso europeo. El conjunto gunner acumula 7 temporadas consecutivas cayendo en octavos de Champions. Arsenal – Arsène Wenger, una relación que se apaga.

Y es que en el mundo del fútbol también hay leyendas urbanas. Una de mis creencias populares favorita es la que llega a afirmar que el Arsenal es un grande de Europa. Es entonces cuando conviene aclarar que no es lo mismo ser un club histórico que ser un club grande. La grandeza podría venir determinada por los éxitos conseguidos en una actualidad relativa; y más en un deporte que castiga tanto los méritos pasados. En un contexto europeo, hay clubes grandes que no son históricos, como el Chelsea. En cambio, cuando hablamos de historicidad habríamos de referirnos a los logros del pasado, los cuales significaron grandeza en su momento pero que en el presente brillan por su ausencia. Atendiendo a ello, hay clubes que son históricos pero no grandes actualmente, como el Liverpool.

El verdadero mérito del Arsenal es su asiduidad a la máxima competición continental. El conjunto londinense ha disputado las últimas 19 ediciones de la Champions League. En consecuencia, el Arsenal es un habitual de Europa, pero no por ello un grande. Un club que cae incesantemente a las primeras de cambio en la fase del KO no puede ser grande. Un club que en dichas ediciones tan solo ha alcanzado las semifinales en 2 ocasiones, no puede ser grande. El club cuyo mayor logro es ser una vez subcampeón del torneo en 62 años, no puede ser grande ni histórico. Esa es la realidad. A los artilleros se les encasquilla el cañón en la contienda europea.

Pero no sólo en Europa se producen estos descalabros. El Arsenal, club más laureado y con mayor masa social de Londres, ya no es el mejor conjunto de la capital. Desde 2005, el Chelsea le ha pasado por encima sin pedir permiso, con descaro. Es más, el Tottenham -su mayor rival- lleva unos años asentando las bases de un proyecto ambicioso que va a poner en discusión la supremacía gunner en el Norte de Londres.

El Arsenal ha pasado de ser el rival a batir en Inglaterra -junto con el Manchester United- a ser un club segundón. Siempre por detrás. No ganan la Premier League desde hace 13 temporadas. Aunque lo más alarmante es que ni siquiera son una opción real para ganarla. Año tras año los amantes del fútbol nos empeñamos en situar a los Gunners en la terna de candidatos al título. Sigamos mintiéndonos, que parece que nos reconforta.

Los más románticos seguís fingiendo. Alegando que el año pasado fueron subcampeones. Estoy seguro de que el aficionado más despistado está ahora mismo frotándose los ojos con este dato. Creyendo que lo ha leído mal o que sencillamente estoy equivocado. Porque la verdadera sensación durante la pasada campaña fue que si alguien pudo discutir el título al inolvidable Leicester, ese fue el Tottenham y no el Arsenal. Debe ser duro tener mejor currículum liguero que tus rivales pero que te dejen en un segundo plano.

Los londinenses han pasado de ser `Boring Arsenal´ en la etapa de George Graham a ser `Loser Arsenal´ en la última década. A pesar de perder, tenían el consuelo de ser el equipo con el juego más atractivo de Inglaterra. Un hecho que incluso se está llegando a cuestionar últimamente. El Arsenal sigue tropezando una y otra vez con la misma piedra. Esa que les impide ser campeones de prestigio. Puede que si tropiezan siempre con ella sea porque la piedra se encuentre en el equipo. Me refiero a un Arsène Wenger que cada semana que pasa es más carne del cañón del Arsenal.

Hay un problema si el capataz de tu zaga es Laurent Koscielny. Si tu sala de máquinas está propulsada por Coquelin o Elneny, el dilema está ahí. Si el peso ofensivo recae en demasía sobre un canterano como Alex Iwobi, es que tu plantilla está mal confeccionada. Cuando tus adquisiciones estrella son Granit Xhaka y Lucas Pérez, dejas entrever que ya no eres un competidor fiable en el mercado de fichajes. Si al fin tienes un guardameta más que válido, como Petr Cech, y el que juega en Europa es Ospina, entonces es que, definitivamente, ya no entiendo nada.

Viven anclados en el pasado desde que las manecillas del mítico reloj Clock End dejasen de marcar las horas al ritmo del balón en el extinto Highbury. El Arsenal sigue anhelando a un tiempo que nunca se paró para esperarle. Ya no veo a Patrick Vieira, invencible al levantarla. Enamorando a mi generación, con Pirès y Ljungberg por las bandas. Porque Thierry Henry ya no golea. Dennis Bergkamp ya no baila. Tony Adams no lidera. Leyendas vivas. Ya no juegan. Son estatuas. Tan vivas si te acercas, como frías al tocarlas. Como este Arsenal sin esencia, ni objetivos. No entusiasma.

Han pasado más de 20 años desde que un tipo escuálido y espigado, con apariencia de profesor dedicado, pisara el césped del viejo Highbury alzando las manos con la convicción de afrontar una renovación que ha transformado la institución en todas sus dimensiones. Pero el fútbol ha cambiado. El Arsenal se ha estancado. Arsène Wenger, es la hora. Siempre nos quedará tu legado. En Ashburton Grove soplan vientos de cambio.

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