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Cahill y aquel mediodía de Kaiserslautern

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No podemos recordar todo de nuestra infancia. Pero hay cosas que se nos quedan incrustadas en el alma y que pasaron a edades muy tempranas. Para los amantes del fútbol, teniendo eurocopas y mundiales cada cuatro cursos, es fácil contar los años hacia atrás y poder ponerle una fecha a nuestra memoria. En 2006, con diez años recién cumplidos, recuerdo ponerme delante del televisor para ver un AustraliaJapón del Mundial 2006 de Alemania. El encuentro no tenía el mejor cartel. Allí, sin embargo, iba a debutar en un campeonato del mundo mi ídolo pero, sorprendentemente, iba a iniciar el partido desde el banquillo.

De aquel día hay que dar las gracias que, al ser verano, la jornada intensiva en el colegio nos permitía salir pronto y no tener que ir por la tarde. Así podíamos disfrutar de la mejor competición mundial sin ningún inconveniente. El encuentro –no me enrollo más- no tenía nada especial. Nakamura, mítico zurdo del Celtic, hizo el primero de la tarde. No pintaban bien las cosas para el prócer de mi niñez. Pero tenía que salir él.

Aquel chico era australiano y era como un canguro. Quizás al ser el animal del país la comparación es demasiado simple. Pero la realidad es que era igual. Era bajo pero saltaba como el que más y tenía una gran capacidad goleadora. Entonces, salió en el minuto 53 y mi esperanza se multiplicó. Era la hora de Tim Cahill.

El media punta, que está acostumbrado a hacer soñar a los aficionados en los que ha militado, sabía que era su momento. Su selección, que todavía no había marcado un gol en ningún torneo así, necesitaba un milagro. Perdían por un gol y faltaban diez minutos. Algo debía cambiar.

Cahill, en un saque de banda, encontró un rechace en el área y puso el empate. Allí me sentí como un socceroo más. Pero la vida tenía guardada una sorpresa mayor. Unos instantes más tarde, el australiano cogió el balón en la frontal y la colocó en la escuadra para dar a su nación la primera victoria en la historia de los mundiales. Qué gran día. Posteriormente, cogí mi pelota para ir al parque con mis amigos ya que por la tarde, como ya he dicho, no tenía escuela. Al marcar un gol en la pista del barrio recuerdo que hice su celebración como si golpeara un banderín de córner. Quería ser como él. No sabía que aquel mediodía de Kaiserslautern lo iba a recordar para siempre.

                                                                                                     

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