Baloncesto

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Antoni Daimiel, el noctámbulo fiel

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Es noche cerrada en Madrid, no me molesto ni en mirar que hora es. Si no fuera por las farolas que emergen del suelo, como los gigantes eólicos de Cervantes, la capital estaría sumida en la más profunda y absoluta oscuridad. Acabo de bajarme del búho (autobús nocturno que recorre las calles tras el cierre de los transportes diurnos), en mi caso el N9, que me deja prácticamente en la puerta de mi casa. Me desvisto, me pongo el pijama y me meto en la cama. La sensación de estar por fin en casa es tan satisfactoria, que no me pongo a pensar en quien pondrá las calles y apagará las farolas, en definitiva, quien pondrá en marcha la cuidad y en segundo plano, el mundo. Aunque sé de sobra la respuesta, Antoni Daimiel Bolaños.

Acaba de salir de los estudios de Canal Plus en Tres Cantos, un pueblo a las afueras de Madrid. Se despide de sus compañeros y se dispone a irse a casa, qué más da si en taxi o en su propio coche, le pega más lo primero, quizás haga lo segundo. Aterriza en lo que él llama hogar, aunque pase más horas fuera que dentro. Se pone cómodo, intenta dormirse…pero no hay forma humana de conseguirlo. El sol empieza a inundar su apartamento con los primeros rayos del día, haciendo inútil cualquier tipo de resistencia por parte de las persianas. Enciende la televisión, y ve como han empezado los programas más madrugadores de la parrilla: informativos, refritos y dibujos animados, y él sin conciliar el sueño aún. Tras horas de lucha, al fin, Morfeo le cita unas horas, no te confíes Antoni, seguramente sea para que le cuentes la última barbaridad de Steph. Como ves, hasta los dioses se suben al hype.

Te levantas, te acicalas y vuelta al trabajo. Otro día repleto: entrevista con un medio por la mañana, Minuto #0 a la hora de comer, contestar a tus incondicionales de la Ser en plena tarde, grabar con Iturriaga el nuevo Colgados del Aro antes de cenar, y para rematar, partido de madrugada con Guillermo Giménez en el Plus. Te cansa, pero te encanta. Seguramente tras tantos años viviendo la madrugada, preferirías otro horario, uno que permita a tus ojeras cogerse vacaciones. Pero por eso eres Antoni Daimiel, el maestro cafetero de las madrugadas.

Corrían los años 90′, y aquel muchacho residente en Valladolid (cluniense de nacimiento) decide dar un salto casi oceánico (en la época lo era) y venir a Madrid, a estudiar periodismo en la Complutense.  Quizá le pareció la ciudad un gran agujero negro que se traga a todo aquel inadaptado que no rinde pleitesía a la majestuosidad de sus calles y rincones, pero sea como fuere, aquel imberbe estudiante se adaptó, y a medida que empezaba la carrera de periodismo, fue escuchando rumores cada vez más fuertes, en reuniones clandestinas y charlas universitarias, sobre un nuevo canal que había echado a andar y que necesitaba gente a raíz de haber comprado los derechos del fútbol, lo que a la postre sería el epicentro del medio. Y allí fue, con el mismo desparpajo con el que Iverson hizo crujir los tobillos de Michael Jordan aquel 6 de mayo de 1998.  Lo probaron, y sin querer, queriendo, estaba metido en Canal Plus. Ayudante de redacción, boxeo, NFL, ‘Tercer Tiempo’, ‘El Día Después’, el joven Bolaños participaba de una manera u otra en casi todo lo que ofrecía la nueva cadena de pago, hasta que llegó su momento, en 1993.

Fue el año en que Canal Plus compró los derechos de la NCAA, pero sólo podían emitir la Final Four, es decir, el fin de fiesta del torneo universitario. El entonces jefe de deportes de Canal Plus, Alfredo Relaño, decide poner a prueba como narradores tanto a Daimiel como al veterano Santiago Segurola, así que le tocó retransmitir un partido de Lousiana State University, con O’ Neal y Chris Jackson (sí, luego se llamaría Mahmoud Abdul-Rauf). Tras pasar la criba, comentó la cita baloncestística. Su huella había empezado a marcar los lodos de aquel recién nacido canal televisivo. Continuó haciendo de redactor, reportero y narrador, si así hacía falta. Y entonces, el baloncesto le hizo otro guiño genial en su vida.

Tras aquel primer paso de comprar el baloncesto universitario en 1993, Canal Plus se hizo con los derechos de la NBA en noviembre de 1995, siendo Daimiel el segunda espada de la pareja titular de comentaristas, Andrés Montes y Segurola. Cosas del destino, llega el All-Star de 1996, en San Antonio, y la NBA solicita a Canal Plus que acuda a la cita, estos dudaron pero, finalmente, para satisfacer los deseos de la mejor liga del mundo, deciden mandar a alguien. No había dudas, Montes y Segurola cubrirían el evento. Son los rostros visibles del baloncesto estadounidense en España, nos estábamos acostumbrando a verlos juntos, como un solo ser. Pero las fobias del ser humano son tan variadas e inesperadas que, Segurola padecía un miedo particular a volar, eso, sumado al resto de colaboraciones que tenía con otros medios, hizo que renunciará. Entonces, Canal Plus mandó a Andrés Montes y a Daimiel. El génesis de aquella pareja inolvidable.

Y allí estaban, en la previa del partido, cada uno con su estilo. Montes, con chaleco, pajarita y gafas de culo de vaso. Daimiel, luciendo un pelo tan largo como despreocupado, portando su ya clásica americana negra y en su mano derecha, el micrófono del que no se despegaría jamás.

 

Aquel fin de semana fue mucho más que el encuentro casual de un periodista novel y el hombre que ponía voz a las estrellas del universo baloncestítico. Iniciaron una década prodigiosa, copando las madrugadas españolas. Quitaron clientela a bares, discotecas y todo tipo de lugares de ocio nocturno, siendo una alternativa más en la larga lista de actividades que se podían hacer en nuestro país al caer la noche. Humor, profesionalidad y conocimiento, en resumen, un sinfín de cualidades que ambos reuníais y que os complementaban. Una simbiosis maravillosa.

Ellos nos hicieron soñar, nos acercaron tanto a las estrellas que podíamos tocarlas con nuestras propias manos. De Jordan a Boykins, pasando por todos los demás. Cada uno tenía su mote, tan cariñoso como emotivo. Nunca faltando al respeto a nadie, siempre con humor. Cada partido que pasaba aprendíamos cosas nuevas, enganchando cada vez a más y más gente. Fue así hasta 2006, cuando LaSexta hizo llegar a Montes una oferta de trabajo que no pudo rechazar. Aún así, te lo consultó Antoni, ese tipo de aprecio te tenía. Siempre en consideración. Y terminó un ciclo maravilloso.

Separasteis vuestros caminos, él por su lado y tú por el tuyo. Tu situación en Canal Plus cambió, aunque no para bien, pero no es el lugar ni el momento para hablar de ello. Nada ni nadie iba a impedir que siguieras haciendo realidad tu sueño. Seguiste trabajando como siempre lo has hecho, realmente no creo que sepas hacerlo de otra forma, con honestidad.

Pero aquel 16 de octubre de 2009 nos partió el alma a todos. Andrés Montes se iba para no volver, dejando un vacío tremendo en nuestro corazones, sobre todo en aquel momento, cuando tras dar el salto a la televisión en abierto, entró en las casa de millones de personas más. Para nosotros, se apagó una estrella, para ti, se fundió tu sol. Que mala es la vida a veces. Seguro que en cada aniversario te llegan mensajes por todos lados, recordándotelo, pero tú te acuerdas de él todos los días del año. Es duro superar una cosa así, pero si algo tiene de bueno los años, es que a parte de hacer mejor el alcohol, terminan por hacer olvidar todo rastro de dolor. Nos recuperamos poco a poco, sin dar un paso en falso, y de repente, llegó él. Guillermo Giménez. Un rayo de luz necesario para volver a enganchar a las almas desoladas que habían abandonado el barco tras aquellos años de dura y profunda oscuridad. La edad media del baloncesto televisado. Junto a él, la nueva camada que aterrizó en Canal Plus ayudó a volver a la edad dorada.

No sabes lo feliz que nos hace verte en las narraciones junto a Guille, disfrutando y haciéndonos disfrutar. Habéis recuperado la vieja esencia de las retransmisiones, por momentos, cierro los ojos y dejo que vuestras voces me lleven, veo a Andrés mirándoos, como el maestro mira siempre a sus alumnos, orgulloso. Pero hay una cosa que no te he dicho aún.

En todo lo bueno, siempre has estado tú. Míster fundamentos, con la humildad de un recién llegado y los conocimientos de un auténtico maestro. Nunca nos lo dijiste, pero acabamos enterándonos. Él único que lo sabía (que había vida en otros planetas) siempre fuiste tú. Gracias.

A Antoni Daimiel, el guardián de mis desvelos.

 

 

 

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