Tenis

article title

Anthony Wilding, la estrella del tenis que se apagó en la guerra

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Es difícil recordar a un tenista neozelandés en las últimas rondas de cualquier torneo de Grand Slam. A bote pronto, incluso si se le pregunta a algún aficionado a tenis por la calle, tendrá que pensar varios minutos antes de ofrecer el nombre de un jugador del país polinesio. El reto tiene dificultad.

Sin embargo, si se indaga algo en la historia del tenis, aparecerá el nombre de Anthony Wilding; un tenista que marcó los años 1910 y que puso en el mapa a Nueva Zelanda. Conquistó cuatro veces consecutivas Wimbledon y fue el primer y único hombre del país en levantar el Grand Slam británico, entre otras hazañas.

Wilding se convertiría en una auténtica sensación del deporte en la época pero un disparo apagó su luz, a la edad de 31 años, en la batalla francesa de Aubers Ridge días después de ser nombrado Capitán en el bando británico. La Primera Guerra Mundial acabó con una leyenda del tenis que iba a contraer matrimonio con la prestigiosa actriz de Broadway, Maxine Elliott.

Procedente de una familia de emigrantes inglesa, el pequeño Tony, segundo de los cinco hijos de la pareja, se inició en el deporte de la raqueta a la edad de catorce años. A orillas del Río Heathcote, comenzó a pelotear emulando los golpes de su padre, un referente para él, junto al que incluso llegó a una final del Campeonato Nacional de Nueva Zelanda formando dupla. Él fue su entrenador inicialmente.

Anthony ganó en Canterbury su primer torneo a los 17 años y dos años más tarde se marchó al Reino Unido para estudiar Derecho en la Universidad de Cambridge. Su fisionomía atlética, su forma física y su poderosa derecha liftada eran las principales armas de un tenista que, en sus comienzos, golpeaba el revés con el mismo lado de la raqueta que su drive.

De su vida personal se sabe que nunca bebió alcohol e inusualmente- teniendo en cuenta la época- tampoco fumó. Fue un gran aficionado a las motos -medio con el que se recorrió Europa- e incluso, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en piloto.

En 1910 ganó su primer Grand Slam en Wimbledon derrotando al experimentado Arthur Gore en cuatro sets y extendió su hegemonía sobre la hierba inglesa tres ediciones más. Su mejor encuentro fue, quizás, la Final del año 1913 en la que apeó al norteamericano Maurice McLoughlin 8-6 6-3 10-8 (no existía el tie break).

Además, Wilding se hizo con cuatro títulos de Wimbledon en la categoría de dobles, otro en Australia, también en la modalidad por duplas, y asaltó el primer puesto de la tabla en 1911 y 1912, supuestamente, compartiéndolo con Larned y el propio McLoughlin, respectivamente, hasta liderarla en solitario en 1913.

Su fama lo catapultó a ocupar titulares, a visitar algunos de los lugares más glamurosos de la jet set y a ser una figura perseguida y admirada. Fue, sin duda, una de las primeras estrellas – si no la primera- que ha dado la Historia del tenis. Su carisma, tanto dentro como fuera de las pistas, podría ser equiparable hoy en día a los Djokovic, Murray, Nadal o Federer.

Con 12 entorchados de Grand Slam ganados (si se tiene en cuenta el torneo de Wimbledon que levantó en 1914 en dobles mixtos), habiendo representado con buen sello a Australasia (Australia y Nueva Zelanda) en la Copa Davis – la ganó en cuatro ocasiones- y teniendo el público en el bolsillo con su comportamiento ejemplar, se alistó en la Marina Británica durante la ‘Gran Guerra’, quedó relegado a la Royal Naval Armoured Car Division y fue trasladado del Reino Unido a Francia en Marzo de 1915. El 9 de mayo del mismo año el ‘aventurero’ Tony, como algunos lo apodaban, partió sin poder despedirse, muriendo en el acto, pero habiendo dejado un legado imborrable en la Historia del tenis.

En una carta escrita por uno de los Comandantes de las Fuerzas Aéreas tras el fallecimiento del jugador y enviada a la madre de Anthony rezaba: “He aprendido a quererle como pocos hombres se quieren entre sí. Mi admiración hacia él fue ilimitada y temo que nunca vuelva a tener la buena fortuna de conocer a un amigo con un carácter como el suyo. Siempre sentí que era un ejemplo para sus compañeros en todo. Qué su gran alma descanse junto a Dios”.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados