Real Sociedad

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Anoeta, refugiarse para brillar

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El miedo escénico es un desorden psicológico normalmente asociado a profesiones de carácter artístico, tales como la música, el teatro u otros tipos de actividades relacionadas con la interpretación con público. No obstante, es mucho más terrenal que todo eso, ya que uno puede sentir miedo escénico en situaciones diversas, algunas de carácter completamente mundano. Solo son necesarios dos factores para poder hablar de esta forma de timidez: una audiencia de varias personas y un protagonista que ve sus capacidades limitadas por el miedo. Bien, pues parece que en la Liga hay un club especialista en rehabilitar a víctimas de esta dolencia y canalizar todo su potencial: la Real Sociedad.

Llevo varias semanas observando con fascinación el grandísimo nivel que está mostrando el equipo de Eusebio y, en concreto, tres de sus jugadores más fundamentales: Íñigo Martínez, Asier Illarramendi y Carlos Vela. No me parecía nada fuera de lo común, más allá de que estaban exhibiendo una calidad que no les habíamos visto nunca antes; hasta que un 15 de noviembre, la Selección Española se enfrentó en un amistoso a Inglaterra.

Parece un hecho absolutamente inconexo con el club txuri urdin pero, para mis ojos, fue revelador. El jugador más defensivo del trío en cuestión, Íñigo Martínez, partía como titular por segunda vez en su carrera tras haber entrado como una sorpresa en la lista de Lopetegui, y el escenario no podía ser ‘mejor’. El mítico Wembley iba a ser testigo de su regreso al combinado nacional. Sin embargo, su actuación fue un ejemplo perfecto de todo lo que no es el central vasco: errático, imprudente e inseguro, todo esto en un momento de su carrera en el que estaba erigiéndose como uno de los mejores centrales de La Liga. Y esto me hizo pensar.

Los jugadores de la Real Sociedad celebran un gol contra el Atlético | ANDER GILLENEA/AFP/Getty Images

Me vino a la mente el caso de un centrocampista de garantías, capaz de manejar los tiempos de un partido a placer, que en 2013 llegó a otro de los estadios más importantes del mundo del fútbol, el Santiago Bernabéu. Tras dos temporadas, salió de allí con una sensación casi idéntica a la que dio Íñigo en Londres: había sido una caricatura de sí mismo. Rápidamente me di cuenta de que su destino había sido Anoeta y de que su nombre figuraba en mi admirado trinomio ‘realista’, Asier Illarramendi.

De pronto empecé a atar cabos y Wembley, una vez más, apareció en escena. En esta ocasión lo hizo como marco espacial de un fiasco protagonizado por un talentoso mexicano, que nunca llegó a demostrar por qué se habían pagado tres millones de euros por él cuando solo era un adolescente de 16 años. Tras varios intentos de explotar todo su potencial traducidos en cesiones en diferentes equipos de España e Inglaterra, el chaval de la zurda prodigiosa terminó siendo traspasado a un club más ‘pequeño’ y su impacto mediático -enorme en sus inicios como ‘chico maravilla’- se vio reducido. Su nombre, Carlos Vela, completa el triángulo; y su destino fue, obviamente, Anoeta.

Entonces me di cuenta de que esta Real Sociedad es el hogar de genios que no han sido capaces de demostrar su calidad por un mismo problema: una suerte de miedo escénico que les impide brillar con todo su esplendor cuando se sienten en el objetivo de demasiadas miradas. Otros ejemplos empezaron a aparecer ante mí: Canales, Granero, Juanmi, Willian José… Jugadores con perfiles, edades y carreras diferentes, pero que coincidían en una cosa, su rendimiento se había visto incrementado tras los protectores brazos del feudo txuri urdin. Y ahí fue cuando me di cuenta de que Anoeta, más que un simple estadio, es un lugar en el que refugiarse para brillar.

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