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Andrés Iniesta come aparte

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16 de septiembre de 1996. A priori, una fecha más. Un día cualquiera. Aquellos maravillosos años 90; la próspera transición de la dictadura a la democracia, resaca de la caída del Muro de Berlín, del fin de la Guerra Fría. La expansión de las culturas, el boom de Internet, del rap, del hip hop, la libertad en la moda, el skateboarding, el punk, el grounge.

El triunfo de lo alternativo. Una década marcada por la liberación y el abandono de los viejos fantasmas pasados y de avanzar. Crecer. Modernizarse. Con el 2000 y el temible fin del milenio en el horizonte. En el mundo del deporte, Michael Jordan dominaba las canchas de EEUU, Miguel Indurain arrasaba en el Tour de Francia, Steffi Graf hacía historia con la raqueta y Carl Lewis en las pistas. Vimos nacer las leyendas de Michael Schumacher, Zinedine Zidane o la primera Copa de Europa del Barcelona.

Regresemos al 16 de septiembre de 1996, un día cualquiera. Un tierno muchacho de piel pálida, menuda estatura y timidez adorable puso su pie derecho por primera vez en La Masía. El pie que más alegrías ha dado en la historia del fútbol español. ¿Cómo te llamas, hijo? Andrés, respondió con la modestia que siempre lo ha caracterizado. ¿Y de donde vienes? De Fuenealbilla, sollozó entre lágrimas sin saber que elevaría ese pueblo de tierras manchegas a la categoría de Patrimonio de la Humanidad, futbolística, se entiende. Hace 20 años, Andrés Iniesta se subió al tren que quizá solo pase una vez en la vida para cumplir su sueño. Y hacer realidad los nuestros.

“Sí, parece absurdo, pero es cierto, el peor día de mi vida lo he pasado en La Masia. Así lo sentí entonces, así lo siento ahora, con tanta intensidad como si no hubiera pasado el tiempo. Tuve una sensación de abandono, de pérdida, como si me hubiesen arrancado algo de dentro, en lo más profundo de mí. Fue un momento durísimo. Yo quería estar allí, sabía que era lo mejor para mi futuro, por supuesto. Pero pasé un trago muy amargo, tuve que separarme de mi familia, no verlos todos los días, no sentirlos cerca… Es muy duro”. Narra Andrés Iniesta cual Miguel de Cervantes en La jugada de mi vida, memorias de las hazañas del quijote futbolístico magistralmente descritas por Ramón Besa y Marcos López. Las lágrimas desconsoladas de un niño. Un niño que se hizo hombre para hacer llorar a todo un país; al más mayor de los ancianos, al más duro de los adultos, al mayor ateo del fútbol, como niños. Un mágico 11 de julio de 2010 en Johannesburgo.

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Aquel niño asustadizo que no pudo cesar de derramar una lágrima en el primer día de su nueva vida. Triste por dejar atrás una vida sencilla y feliz en Albacete pero lo suficientemente inteligente, a la tierna edad de 12 años, para saber que no debía quedarse sentado en aquella estación y dejar pasar el tren, su tren. Aquel niño que llegó al infantil “B” y que tres años más tarde se encontró con la persona más importante de su carrera futbolística, Pep Guardiola, su mentor, tras la final de la Nike Cup del ’99. Andrés sabía perfectamente quién era. Y Pep también. Lo miró, y le dijo mirándolo a sus ruborizados ojos de adolescente: “Algún día me sentaré en la tribuna del Camp Nou a verte jugar”.

Aquel niño citado por Lorenzo Serra Ferrer para entrenar con el primer equipo a sus 15 años. Al cual su timidez no le permitía articular palabra hasta que Luis Enrique, que pasaba por allí con su coche, su americana, sus gafas de sol y su aspecto de rebelde sin causa le dijo: “Anda, sube. Que yo te bajo al vestuario”. Aquel que debutó con el primer equipo el 29 de octubre de 2002 ante el Brujas, a los 18 años, bajo las órdenes de Louis Van Gaal, ya se había convertido en un hombre.

Obligado a madurar lejos de su casa. Fuera de su zona de comfort; la tranquilidad, el sosiego, la paz. Porque eso es Andrés Iniesta. Un hombre feliz dentro de la normalidad. “No lleva pendientes, no se pinta el pelo, juega 20 minutos y no se queja… Es el ejemplo. Así se lo digo a los chicos, fijaos en Iniesta”. Pep Guardiola. Un hombre tranquilo. El hombre que susurra a la pelota. Un hombre sencillo capaz de hacer cosas extraordinarias. Capaz de invocar al dios del fútbol en Stamford Bridge cuando hasta el más devoto de los culés había dejado de creer, capaz de liderar el sueño de todo un país y en el momento exacto, en el lugar exacto; Johannesbrgo, 2010, minuto 116, área holandesa, marcar el gol más importante de su vida, de la historia de España, y acordarse de un buen amigo.

Cuando todo mortal hubiera corrido y celebrado como héroe nacional, Andrés se lo quiso dedicar a Dani Jarque y a su familia. En el momento de mayor euforia, el éxtasis futbolístico, quiso celebrarlo con su amigo, tristemente arrebatado de sus brazos y los de su familia. Esa es la mejor definición de Andrés Iniesta. Cero egolatría, cero narcisismo. Él solo busca su felicidad y la de la gente que quiere. Porque él es así. Andrés come aparte. 16 de septiembre de 1996, ¿seguís creyendo que es un día cualquiera?

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