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Ancelotti, cien partidos y una filosofía

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Dijo en alguna ocasión Ancelotti que alguien le había enseñado que el fútbol era lo más importante de las cosas menos importantes. Es una máxima, de sobra conocida, que tiende a relativizar el fútbol, a ponderarlo en su justa medida. Es, además, la filosofía que ha transmitido el italiano en estos 100 partidos que completó con la victoria en Elche.

El pensamiento anterior toma fuerza cuando se compara con su predecesor, José Mourinho, para quien el fútbol era poco más que escenario de disgustos, malas caras y provocaciones de diferente rango. Mientras que Ancelotti ha demostrado que la fama se puede conseguir sin un mal gesto y que los títulos, cuando llegan, saben mejor cuanto menos se embarran por el camino. Copa del Rey, Champions, Supercopa y Mundial de Clubes en buena lid.

Ancelotti, ya lo hemos dicho en alguna otra ocasión, ha tenido la virtud de llevar las riendas del Madrid como un psicólogo. Ha tratado temas escabrosos con habilidad torera y ha intentado sortear los problemas de forma que ninguna de las partes se encontrase desamparada. Los jugadores disfrutan con el carácter afable del italiano, le consideran como uno más, con la excepción de su jerarquía y su autoridad. Muchas veces, en equipos de tan alto nivel, es lo que se exige: apoyo, confianza, tranquilidad y empatía.

Su carácter, no obstante, es perfecto para el estudio. En la retina queda el gol de Sergio Ramos en Lisboa y la celebración íntima de Ancelotti. En una circunstancia de extrema tensión, el italiano aguantó el tipo. No saltó. No corrió. Apenas hizo un gesto, casi imperceptible, de alegría, como para demostrar a sus seguidores que disfrutaba con aquello. Es la línea que ha mantenido durante estos 100 partidos en el club. Ha dado la sensación de tener todo bajo control incluso en las derrotas más duras como la del Calderón. “Han ganado este partido mereciéndolo, fueron mejores en todo y nosotros peores. Es normal que hayan ganado este partido, pero es una temporada muy larga, son tres puntos que no deciden quien es primero al final”, dijo Ancelotti en aquel partido, donde el Madrid salió humillado del campo del rival vecino. Incluso en ese instante, quien estuviera frente al televisor, tuvo la sensación de que estas cosas pasan, que quizás no haya sido tan negro como ha parecido.

Con su inseparable bote de caramelos antifumador, Ancelotti ha ido trazando las líneas del equipo sobre una premisa: jugar bien, asumiendo que sin balón hay que correr. El esfuerzo con Ancelotti es innegociable. Tanto, que jugadores fuera de la órbita defensiva como Isco o James han captado el mensaje. Ha hecho de ellos lo que en su día hizo con Di María: centrocampistas todoterrenos. Reconvertir a futbolistas es un mérito exclusivo de entrenador y Ancelotti ha sabido manejarlo. Como ha sabido manejar casi todos los aspectos del equipo, tanto dentro como fuera del campo. Un hombre que está triunfando en uno de los mejores clubes del mundo y para quien el fútbol es un ingrediente más de una vida que toma con naturalidad, simpatía y buen humor.

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