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Amor de verano

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Entro en el bar de siempre y dos estrofas de una canción me reciben: “Deja que esto no acabe nunca […] Deja que muera buscando gloria”. El verano se acaba, hoy es el penúltimo de sus días, y llevo más de dos meses mirándola de soslayo y a intervalos cortos cada vez que la veo al otro lado de la barra, sin atreverme siquiera a hacerlo fijamente durante más de cinco segundos seguidos. Me gusta, me gusta mucho, tal vez más que ninguna de las anteriores. Aunque eso poco importa.

La experiencia es demoledora. Ya me ha pasado unas cuantas veces antes, cuando me he atrevido a lanzarme a hablarle a otras caras tan aparentemente bonitas como la suya, cuando saltó la chispa del romance, cuando me decidí a entregarme y cuando, claro, salí escaldado. Amores de verano que llegaron del mismo modo que se fueron, uno tras otro hasta perder la cuenta, sin dejar ni cimientos ni remordimientos, sin que quedase nada más a la vista que una montaña de escombros de promesas incumplidas y decepción, sin nada más que una terrible y honda sensación de pérdida de tiempo, de estupidez por la ilusión previa, de enésimo tropiezo en la misma piedra, o más bien roca gigantesca.

Ya me he acostumbrado a estos veranos que derivan irremediablemente, antes incluso de que llegue el otoño, en largos inviernos que duran hasta el verano siguiente. Es cierto, compadre, se nos ve de lejos aunque nos dejemos ver despreocupados con las manos en los bolsillos: estamos muy necesitados, muy faltos de cariño, huérfanos de reciprocidad y con todo este aliento y amor por dar aquí desaprovechado, inane, ridículo. Debería olvidarme de estas historias estivales, debería darle la espalda al bobo deseo y ponerme a beber sin levantar la cabeza del vaso y quedarme así, en esa misma postura, hasta irme a casa y amanecer ya mañana, la mañana del última día del verano, en ese otoño que no se distingue en nada del invierno.

Siempre me he preguntado qué extraño mecanismo ancestral nos lleva a girarnos y a devolver la mirada cuando sentimos sin ver que desde algún ángulo imperceptible a la vista, alguien ha posado sus ojos en nosotros por razones cualesquiera. Yo lo hacía desde mi balcón en un segundo piso, como una especie de ensayo-error absurdo-científico. Posaba mi mirada sobre algún solitario viandante y casi siempre alguien terminaba mirando hacia arriba de forma fugaz. Movido por esa inexplicable llamada, levanté la vista. Una última vez, pensé. Una última mirada antes de hundirnos en el inevitable olvido.

Me la encontré como quien dobla la esquina y encuentra un billete de cincuenta euros tirado en el suelo, como puesto por el destino allí para ti, el tieso de los tiesos. Y casi me caigo dentro. Me sonrió, quizá como queriendo hacerme suponer que era la primera vez que me veía por allí, solo en mi triste esquina. Y yo, acostumbrado a hacerme el idiota hasta ser prácticamente indescifrable saber si lo soy o si solamente lo parezco, hice que me lo creí como si de una necesaria previa negociación apenas gestual se tratara, antes de que de repente, sin todavía cruzar palabras, me invitase a un trago de tequila por medio del camarero y yo terminase de derrumbarme en el abismo de su encanto.

Volví a tirarme sin paracaídas. Inconsciente de mis actos. Me acerqué y cuando llegué a su lado, ambos estabámos tarareando, casi en susurros, aquella canción: “Deja que esto no acabe nunca después del frío beso. Deja que muera buscando gloria y siga aquí de pie”. En el tiempo añadido del verano, cuando el propio tiempo ya se llevaba el silbato a la boca, el enésimo amor de verano pareció convertirse, casi por alquimia, en un amor eterno, en un eterno verano. En un prometedor noviazgo incipiente con el que asentar definitivamente la cabeza y perder totalmente la razón para por fin tenerla. Qué locura. Por un instante, hasta se me ha pasado por la mente comprarle pronto un anillo. Fíjate tú.

Mañana empieza el otoño, pero aquí seguirá siendo verano. De nuevo verano. Por fin verano.

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