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Alta fidelidad (al Atlético de Madrid)

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«¿Qué me regalaron antes? ¿Un balón de fútbol o la camiseta del Atlético de Madrid?
Se preocupan porque los niños juegan con armas, ven vídeos violentos, por si les domina una especie de cultura de la violencia y les da igual que los niños no se hagan del Atleti.
¿Me gustaba el fútbol porque soy colchonero o era colchonero porque me gusta el fútbol?

Hagamos un repaso de toda la historia atlética. Las cinco marchas de jugadores más duras y memorables por orden cronológico son estas:

 

Joaquín Peiró.
Hugo Sánchez.
Paulo Futre.
Fernando Torres.
Kun Agüero.

 

¿Qué, Arda? ¿No está tu nombre en esa lista? ¿No lo ves? Este podio está reservado para tipos cuyas humillaciones de verdad te rompen el corazón, pero no para promiscuos fariseos que besan el escudo en la primera cita; para mitos que, al marcharse, abren una herida que sangra lento y cicatriza mal, pero no para alérgicos al esfuerzo cuya huida apesta primero a traición para luego teñirse de indiferencia.»

 

1. Joaquín Peiró (1962)

¿Has pensado en cómo una pequeña decisión puede cambiarte la vida?Mystic River, con ese ritmo tan Clint Eastwood, con esa cadencia lenta en apariencia pero en realidad fluida y casi musical, muestra que el principio de acción-reacción se abre paso incluso a través del tiempo, que la certeza de que nuestros actos tienen consecuencias sólo es comparable a la incertidumbre de cuándo y cómo se producirán.

Fue el propio Peiró, quien, sin saberlo, provocó su marcha del Atlético de Madrid. Cuando Joaquín Peiró y Enrique Collar se encontraron en el carril izquierdo del Metropolitano en el año 1955, decidieron crear una sociedad al 50% donde el primero ponía la zancada larga y el segundo el regate fácil. El juego del equipo se volcaba tanto hacia ese Ala Infernal que el maltrecho campo acababa desnivelado cada partido. En julio del 56 el club decidió por fin solicitar un crédito de 100 millones para la adquisición de un terreno y la construcción de un nuevo estadio. 6 años después hay terreno pero las obras junto al río están paradas y el crédito asfixia al club. Peiró, por contra, está en su mejor momento en ese inicio de la temporada del 62. Viene de cerrar el marcador para traerse la Recopa contra la Fiore, de un doblete contra el Valencia campeón de la Copa de Ferias y de marcar cuatro goles en 30 minutos en el Pizjuán. A pesar de ello, las deudas empujan a los dirigentes a escuchar la oferta del Torino por el jugador. Los del Toro vienen con 25 millones de pesetas que aliviarían la delicada situación económica y aunque cientos de aficionados cortan el acceso a la sede del club la tarde del 2 de octubre, esa misma noche las tres partes llegan a un acuerdo.

El 7 de octubre el Atlético gana 2 a 1 al Zaragoza en el Metropolitano. Polo ha entrado en el once por Peiró. En uno de los fondos, una pancarta grita Nunca se viere mayor desatino. Traspasar a Peiró al Torino. Parecía un pareado gongorino si acaso Góngora hubiera sido aficionado colchonero; cualquiera sabe, sin embargo, que en el Madrid del Siglo de Oro, las rayas canallas sólo hubiera podido gastarlas Quevedo.

2. Hugo Sánchez (1985)

Si algo no se le puede recriminar al mexicano es que no fuera claro. Tan letal con el pie izquierdo como manco de la mano del mismo lado declaraba en Marca (finalizada la liga pero con las competiciones de copa todavía en juego): “Mi primera opción es irme al Madrid. Mi objetivo en el Atlético ya se ha cumplido. Ahora aspiro a metas más altas”. Cristalino, que diría Tom Cruise en Algunos hombres buenos. Macho para unos: el Madrid se frotaba las manos ante la llegada del pichichi. Pinche pendejo para otros: el Calderón le recibió con silbidos en el Atlético – Betis de Copa de la Liga (sí, Copa de la Liga), primer partido tras su entrevista. Ni la rocambolesca operación a tres bandas (con el Universidad de México haciendo de puente), ni la desesperada situación económica rojiblanca (Vicente Calderón quería retener al futbolista pero necesitaba vender para hacer frente a los acreedores) ni los dos goles en la final de Copa del Rey frente al Athletic Club que nos hicieron campeones pudieron borrar la afrenta de Hugo. Si bien años más tarde otro indio —Solari— decidió cambiar de acera, el mexicano fue el último en considerarse más un desertor que un espalda mojada por atreverse a cruzar el río.

3. Paulo Futre (1993)

El capitán Ahab salta por la borda del Pequod, Danny Ocean (Sinatra o Clooney, ustedes deciden) deja a su banda con diez y sin apellido, Mickey abandona la búsqueda del tesoro de Willy el Tuerto… si la prensa hubiera publicado noticias semejantes aquel 20 de enero de 1993 los atléticos hubieran mostrado menos sorpresa que al leer las declaraciones de su capitán. “El Atlético se acabó para mí” había dicho el portugués Paulo Futre el día anterior. Para la afición, aquello era como si al abrir el periódico por la sección de deportes se hubieran encontrado un pescado muerto. Futre era el ídolo atlético desde que en 1987 Jesús Gil lo presentó, ya sin chanclas, en una discoteca de Madrid para así ganar las elecciones a la presidencia del club con la gorra. Futre, acababa de ganar la Copa de Europa con el Oporto y Pinto da Costa ya tenía un preacuerdo para traspasarle al Inter, pero apareció Gil doblando el coste del fichaje (cerca de 500 millones de pesetas) y el salario del jugador (otros 120). Durante cinco temporadas el Calderón disfrutó del mejor extremo del mundo de la época. Futre era el regate y la velocidad. Pero también era nervio. Dentro (hablen con Buyo) y fuera (“a la semana de llegar a España ya odiaba al Madrid”) del campo. Sin embargo, durante aquella temporada 92-93 la trinidad Luis-Gil-Futre era nitroglicerina. Futre arrastró problemas físicos durante toda la temporada y Luis había decidido dejarle fuera de partidos importantes acusando al portugués de no entrenar con total dedicación. Todo estalló tras el empate en el derbi del Calderón. Luis afirmó que estaba satisfecho del rendimiento del equipo pero que Futre no se había entregado a tope. A partir de ahí un plano secuencia con portadas, declaraciones cruzadas (Futre llegó a declarar “Necesito un cambio de equipo, me da igual que sea al Madrid”) y la venta al Benfica a finales de enero por apenas 700 millones de pesetas. El conflicto entre Futre y Luis, entre ídolo y mito, lo vivió la afición atlética con la triste equidistancia del hijo que escucha por primera vez la palabra divorcio. La despedida del portugués, con la amarga subjetividad del chaval al que abandona su primer amor. Años más tarde Futre explicó en el libro Leyendas del Atlético de Madrid de Miguel Ángel Guijarro y Nacho Montero que tanto la pelea con Gil como los problemas con Luis fueron una cortina de humo para tapar una salida pactada entre presidente y jugador que ambos consideraban lo mejor para el club.

 

En Las dos caras de la verdad Richard Gere cita a su profesor de derecho: “De hoy en adelante cuando sus madres digan que les quieren, pidan una segunda opinión.”. Con Luis y Gil discutiendo en alguna parte y sin poder interrumpirles para que corroboren los hechos, no queda otra que quedarse con la versión final del portugués.

4. Fernando Torres (2007)

Pichu, Eller, Zé Castro, Seitaridis, Maniche, Luccin… Aquel 20 de mayo de 2007 el césped del Calderón parecía un escenario almeriense plagado de olvidables extras colocados a huevo para que Bud Spencer y Terence Hill los cosieran a mamporros. Sólo que en vez de los dos actores italianos los que andaban por allí eran Messi y Eto’o, y los mamporros  —media docena— fueron goles de un Barcelona que peleaba con el Madrid en un igualadísimo final de liga. Lo peor es que el partido trazó una dolorosa mediatriz en la carrera de Fernando Torres. Ya durante el partido, en el rostro del delantero se podía leer algo más que bochorno. Se leía la posibilidad de romper con aquello que no imaginó quebrar jamás, de poner fin a 12 años ligado a los colores de su vida. Torres había sido la luz de Eärendil, la más preciada estrella del Atlético, la que iluminó en la oscura segunda división cuando las demás luces se habían apagado. Cuando las piernas de los veteranos se convertían en arena ahí estuvo Torres para soportar una carga que, por edad y sueldo, no le correspondía. Cuando cada proyecto se convertía en una oda al tedio ahí estuvo Torres para calzar unos versos que levantaban la moral de la tropa. Él menos que nadie merecía aquella humillación. Sin embargo, lo que de verdad removió su conciencia fue el esquizoide comportamiento de parte de la afición, feliz por una derrota que impedía que el Madrid tomara ventaja en el tramo final de liga.

El 3 de julio de 2007 Torres pasaba reconocimiento médico con el Liverpool en una operación en la que ganaron todos: el Liverpool disfrutó de los mejores años de Torres (80 goles en poco más de 3 años); Torres, liberado del foco mediático y en un fútbol que explotaba sus mejores armas, disfrutó cada pase al espacio, cada arrancada, cada remate; y el Atlético aprovechó el dinero de la operación para encadenar nuevos aciertos fichando nueves empezando aquel mismo verano con Diego Forlán. Así que sí, puede que con aquella ruptura el Atlético ganara, pero también perdió. Perdió una bandera, la que había portado el niño al que toda una generación quiso emular. Por suerte, Torres conservó la bandera y la paseó con orgullo siempre que tuvo ocasión.

 

5. Kun Agüero (2011)

Cualquier cosa. Menos intentar pasar al enemigo. O desearlo siquiera. La sedición está penada con el desalojo del corazón del aficionado. Sergio Leonel Agüero, el Kun, llegó al Atlético con 18 años en el verano de 2006 y creció hasta convertirse en uno de los mejores delanteros del mundo. Era la razón para pagar una entrada y hasta el abono de temporada en una época en que el desencanto, con sus lentes de aumento, enfocaba cada nuevo proyecto rojiblanco. Era la piedra para reconstruir un Atlético grande. Y era feliz. O eso parecía. Pero el cegador brillo del pálido uniforme del vecino, el runrún mediático, el asesoramiento de un Pepito Grillo trasnochado otrora mejor jugador del planeta y familia política en aquel entonces o, quizá peor, quizá el deseo de cumplir un sueño nunca olvidado, le forzaron a tomar una decisión que, en realidad, ya había tomado.

Firmaba la renovación en enero de 2011, pero bajaba su claúsula, lo que hacía que aquella negociación pareciera tan turbia como el pasado de Harry Lime en El Tercer hombre. Un mes después, su suegro, Diego Armando Maradona, le vestía con la camiseta del Madrid. Días después con la del Inter. Pese a todo, Kun parecía ir a lo suyo y en mayo marcaba su gol 100 con el Atlético. Pero sólo dos días después, la web del club publicaba una carta en la que Agüero se despedía del Atleti y confirmaba que había pedido que se aceptaran ofertas. “Sin condicionamientos” citaba explícitamente. Aquellas dos palabras y unas declaraciones posteriores donde el argentino afirmaba su deseo de permanecer en la liga española parecían hacer entrever que el destino de Agüero iba a ser el Real Madrid. Supongo que el Kun, que incluso llegó a declarar que Miguel Ángel Gil no le iba a elegir equipo, se creía capaz de violar el pacto de no agresión entre los presidentes de ambos clubes. Por esa razón, y aunque seguramente no ocurrió así, siempre imagino al Kun entrando al despacho de Miguel Ángel listo para firmar su nuevo contrato con el Real Madrid. Imagino su cara al ver a los representantes del Manchester City. E imagino entonces a Gil, con su eterna mueca inescrutable, susurrándole al oído la frase que pronunciaba James Woods al final de la película El golpe perfecto: “Nunca le hagas trampas a un tramposo; sobre todo si el tramposo es mejor que tú”.

 

«Tengo una tienda de merchandising del Atlético: Campeonato Rojiblanco. Estamos en un barrio en el que ni siquiera atraemos a los que sólo miran escaparates. Para colmo no estamos en Madrid así que algunos amigos ya me habían advertido que hubiera tenido más futuro montando una licorería en La Meca. Nos defendemos gracias a que hay personas muy especiales, como Luis, socio abonado de un club cuya sede está a más de cuatrocientos kilómetros. Con él me divierto haciendo listas como, no sé, los cinco mejores entrenadores de la historia del Atlético de Madrid: Ricardo Zamora, Helenio Herrrera, Radomir Antic, Diego Pablo Simeone y Don Luis Aragonés Suárez.

Tengo dos empleados pese a todo. No puedo echarles; les contraté para tres días pero se presentaban cada día. Uno de ellos ha querido estimular la mañana de hoy con una lista complicada: los cinco momentos más surrealistas del Atlético en los últimos 20 años

1. El penalty de Esnáider. Cuando Edwin van der Sar desvió el penalty lanzado por Esnáider que podía clasificar al Atlético de Madrid para semifinales de la Champions el estadio enmudeció lo justo para que se oyera un ligero clic a la altura de la cabeza del argentino. El defectuoso arnés que amarraba la cordura de Esnáider se soltaba de nuevo y el jugador, con los ojos en blanco, corría a disputar el balón como si le persiguieran los grises. El rechace había llegado a Witschge que seguro no sabía que era eso de recibir a un toro a porta gayola pero estaba a punto de averiguarlo. Esnáider perpetró una entrada tan gore que le hubiera dado grima filmarla al Peter Jackson de Tu madre se ha comido a mi perro. El árbitro acudió al lugar del crimen temblando y tanteando su bolsillo para encontrar una multa de tráfico, una orden de búsqueda y captura o una sentencia a cadena perpetua, pero al mirar a Esnáider lo pensó dos veces y sancionó el atropello con tarjeta amarilla. Mientras tanto, en la línea de fondo, varios cirujanos y un ingeniero intentaban reconstruir los tobillos del jugador holandés.

2. La presentación del Pato Sosa. Convengamos que “Pato” no es el apodo ideal para un futbolista. Reconozcamos igualmente que el rubio platino no es el tinte más adecuado para la melena de un canchero mediocentro uruguayo. Cuestiones etimológicas y estéticas al margen, la afición atlética ya debió sospechar del fichaje de Marcelo Fabián Sosa cuando llegaba desde Rusia (con un aval de 8 partidos en 6 meses con el Spartak de Moscú) con una pegatina en el costado en la que podía leerse “No se aceptan devoluciones”. Pero la prueba definitiva, damas y caballeros del jurado, se produjo el día de su presentación en agosto de 2004 cuando tras dos toques de balón con la cabeza y uno con el pie, el Pato acabó por los suelos. —Me quedé a dos de mi récord— declaró el centrocampista.

Sosa, a pesar de su pobre rendimiento (tuvo su minuto de gloria en dos portadas de Marca tras unas declaraciones contra los jugadores del Madrid previas a un derbi que el Atleti acabó perdiendo 0-3) compartió muchos minutos en el mediocentro con Luccin, Colsa y Simeone en aquel insignificante Atlético de César Ferrando antes de ser cedido a Osasuna en el verano de 2005.

La investigación posterior no pudo determinar si el culpable de la llegada del Pato fue Toni Muñoz (director deportivo por aquel entonces) o José Luis Garci, quien supuestamente habría recomendado el fichaje a Enrique Cerezo. De ser así, el consejo del director hubiera estado a la altura del que dio aquel tipo que asesoró a Bogart para tomar las aguas en Casablanca.

3. Victoria por incomparecencia. En un paripé coregrafiado y televisado, señorial para parte del barcelonismo y ridículo para casi todo el mundo, el Barcelona cumplía su amenaza de no disputar la vuelta de semifinales de Copa frente al Atlético de Madrid (alegaba no disponer jugadores suficientes por coincidir el partido con partidos internacionales). Mientras el once rojiblanco posaba para la foto, diez jugadores del Barcelona permanecían en un lateral del campo sin saltar al terreno de juego. Alguien gritó acción y Guardiola, actor fetiche del director de aquella ópera bufa, se dirigió al centro del campo para comunicar a Díaz Vega que si allí se jugaba a algo iba a ser a un metegol. Santi Denia, capitán atlético, discreto y sin líneas de guión en aquella farsa parecía tan incómodo como su paisano Don Quijote en el diván del psicólogo. Victoria apócrifa y el Atleti que pasaba a la final con un global de 6-0 (en el Calderón habían marcado Hasselbaink, Baraja y Hugo Leal para acabar con una racha de 10 partidos sin ganar en liga) mientras el Camp Nou le despedía con gritos de “¡A segunda!, ¡a segunda!”…

… porque a aquella comedia le faltaba la mitad trágica. El Atlético estaba a 5 puntos de la salvación y sólo quedaban 4 partidos de liga incluyendo uno contra el desahuaciado Sevilla y otro contra un rival directo como el Oviedo. Calculadora en mano era posible. Evitar el descenso y ser campeón de Copa. Un plan perfecto para borrar una temporada calamitosa. Apenas tres días después, esta vez en liga, el Barça no se quedó en la línea de banda y ganó 0-3 en el Calderón mientras el Oviedo hacía lo propio en Sevilla. Apenas quince después, consumado ya el descenso del Atlético, Amores Perros ganaba el Gran Premio de la Semana de los Críticos en el festival de Cannes. Una de sus frases encajaba con ese tipo de cálculos basados en premisas de gelatina y tan alejados de la actual filosofía cholista: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

4. Portero-jugador. En el minuto 76 de un triste amistoso de la selección española en Noruega, Juanma López se lesionaba y Javier Clemente se vio obligado a repasar el banquillo en busca de repuestos. Por allí sólo andaban Sergi Barjuán (tocado y no inscrito) y José Francisco Molina. El de Barakaldo, no dispuesto a arriesgar el cero a cero, decidió hacerse el vasco: si Antic le hace jugar de libre yo puedo hacerle debutar de interior— razonó Javi. Así que llamó al portero atlético y sus instrucciones fueron claras: “Péguese a la izquierda y haga lo que sepa”. Molina, aplicado, estuvo a punto de dar por buenas las consignas con un tiro cruzado que pasó a centímetros del poste. Antes, y para culminar aquella obra de bricolaje, los utilleros habían convertido con cinta adhesiva el dorsal 13 de portero suplente en el 18 de delantero random.

Cuatro años después, en el primer partido de España en la Euro 2000 y también frente a Noruega, Molina jugaría su noveno y último partido con la selección. En un balón colgado por el portero rival, Molina confiado, salió tarde y mal a despejar de puños, permitiendo a Iversen rematar de cabeza y de espaldas a portería. Cantada y gol. A Molina, alejado del quid pro quo mediático, le esperaban con la guadaña todos los estómagos agradecidos que preferían las ruedas de prensa huecas, todos los injustos que creían que ya se le había pagado el favor por su singular debut, todos los obtusos que no entendían que el portero titular de la selección fuera a jugar en segunda la siguiente temporada y todos los impacientes que opinaban que la transición entre Zubizarretas y Casillas ya había dado de sí. Demasiados todos como para que el jurado no le sentenciara al destierro.

5. The color no is problem… for man. El gilifato da para un listado completo de episodios surrealistas: bochornosos algunos, grotescos otros, entrañables los menos. Son años en los que la dignidad del club queda muchas veces a la intemperie en manos (y casi siempre en boca) de un presidente a mitad de camino entre el sainete y el esperpento. Locuaz y estrafalario, uno de sus momentos más recordados es su speech en inglés para aclarar que sus declaraciones tras el partido de ida de Liga de Campeones contra el Ajax en 1997, a saber, “Los negros del Ajax. Eso parecía el Congo, dicho con todos los respetos. Mirabas a un lado y había cuatro negros calentando, mirabas a otro y había cinco y en el campo otros tres […] Salían negros de todas partes como si fuera una máquina de churros“, no pretendían ser ofensivas. Algo así como cuando Groucho Marx dijo aquello de “Citadme diciendo que me han citado mal”. El caso es que Gil acudió a la rueda de prensa previa al partido de vuelta y, ante la numerosa presencia de periodistas holandeses, arriesgó en inglés:  “I am white. No problem. Ahora, I think that … (excuse me)… If I think that you black, and say, ‘black, black, black’ all day, is very bad.  The color no is problem. For man”. El saldo de aquella comparecencia fueron varios verbos fracturados y dos infartos por vergüenza ajena. El traductor contratado por la UEFA aquel día sigue hoy día en paradero desconocido.

Continuará…

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