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Algunas reflexiones sobre Argentina y sus rivales de grupo

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Fermín SUÁREZ – Argentina se ha impuesto con relativa solvencia a una Bosnia atractiva y romántica, que ha debutado por primera vez en su historia en un Mundial. Tiene grandes talentos como Misimovic, Dzeko, Kolasinac y, sobre todo, Pjanic, un pelotero de clase, criterio y facilidad para la distribución, que me recuerda, salvando las distancias, al tipo de organizadores que son Verratti y De Rossi cuya brújula futbolística marca el devenir de su selección. Me ha sorprendido también gratamente su escudero, el joven Besic, un recuperador que aúna el trabajo marcial con el trato aseado de balón. Abarca mucho terreno y no se complica con la tenencia del esférico.

La Albiceleste de Sabella ha sido la única selección que ha sumado tres puntos pero lo ha hecho dejando muchas dudas: no tiene un sistema definido, no funcionan sus estrellas como piezas bien engarzadas y no existe centro del campo que aporte luminosidad e ideas. Eso sí, me ha sorprendido el buen funcionamiento de su sistema defensivo, con Mascherano como ancla, y un cerrojo casi inexpugnable formado por Fede Fernández, Garay y Romero, que estuvo bastante inspirado.

El problema del centro del campo pareció resolverse en la segunda mitad, con la entrada de Gago en la sala de máquinas. Su presencia, arropada por el músculo de Mascherano y el vértigo de Di Maria, dio otro aire a un equipo carente de rumbo. Pero no vamos a descubrir ahora a jugadores como Gago o Banega (que se quedó fuera a última hora), dos pechos fríos cuyo rendimiento dista mucho de ser constante. Pese la inclusión de Gago, Argentina no obtuvo el control de partido deseado y se partió por el medio, propiciando las embestidas bosnias y el posterior gol de Ibisevic. Mucho recorrido le queda aún a Argentina para corresponder a su escudo pero se mostró pragmática y eficaz.

En el otro partido del grupo, Irán y Nigeria inauguraron el primer empate del torneo. Imprimieron un ritmo tedioso, destacaron por su falta de ideas pero compitieron bien, sobre todo una Irán que, desde el aterrizaje de Carlos Queiroz, ha ganado en empaque. El talento lo ponen Ghochannejad y Dejagah, pero los que aguantan el andamiaje son Nekounam y el omnipresente Teymourian. En defensa, han aguantado también estupendamente, con una zaga con bastante oficio. Eso sí, no construyen, no se complican con el cuero e intentan tener el balón la mayor parte del partido en campo contrario. Nigeria, por su parte, ha desperdiciado una gran ocasión para opositar a la segunda plaza. Es preocupante el rendimiento de las Águilas Verdes porque no aparecieron ni Moses (muy tieso, sin su chispa atronadora habitual), ni Emenike (muy desasistido), ni Musa (diluido entre tanto músculo iraní). Sólo Obi Mikel lo intentó con más corazón que cabeza. Además, Keshi tiene un motivo más para la preocupación: Oboabona, su central de cabecera, tuvo que abandonar el terreno de juego a poco de empezar el partido. Nigeria sigue sin resolver su asignatura pendiente: la creación en el centro del campo y el consecuente enlace con la delantera. Tal vez un juego más directo, potenciando las virtudes de Odemwingie, Musa, Ameobi y Emenike sería más efectivo.

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