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Alavés

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Gloriosa derrota

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Cuando el Alavés firmó un atrevido inicio de Liga, se reflejó en sospechas de la resaca veraniega de los ‘grandes’ y la ilusión de los recién llegados. Como si los pesos pesados arrastraran algunas noches estivales de más, y los ascendidos hubieran madrugado constantemente para terminar antes sus deberes. Finalmente, no se trató de una racha conocida, sino de nacientes indicios de una temporada que acabaría asombrando.

Pellegrino observó a sus hombres para analizar qué podía sacar de ellos. El equipo de La Liga que posee más cesiones, aglutinaría en su plantilla más de una quincena de nuevos jugadores. Lo que podría imaginarse como un proyecto a diseñar y confeccionar, tomó forma a la velocidad de un relámpago, y regaló al espectador una temporada de solidez donde se forjó un fortín defensivo. La exquisitez del orden, acertado repliegue, contragolpe y convicción, proyectado en un 4-2-3-1. Sumando también que, en el desarrollo del período de la competición doméstica, el Alavés se ha concedido el atrevimiento de ser más versátil. Incluso sumando porcentajes de posesión.

Las ganas de competir, y los recursos de la pizarra de Mauricio Pellegrino, le han fijado en la novena plaza de la tabla, le han ubicado en una final de Copa del Rey y le han hecho rozar Europa con la yema de los dedos.
El Alavés ha estado aislado de ese sufrimiento por sobrevivir. Ha podido festejar su permanencia a mediados del mes de abril, una dilatada ventaja sobre ese típico último mes de mayo que sentencia a quienes no lo logran.

Ha arrebatado puntos a FC Barcelona, Atlético y Sevilla. Y el número de goles en contra, 43, manifiesta su vigor defensivo. Sólo cuatro equipos han logrado encajar menos.

El Alavés terminó la temporada sin salir victorioso de su última cita. Los inevitables pronósticos le asignaron el cartel de favorito al FC Barcelona. Y ella, la Copa, se fue con él.

Una noche en la que Theo Hernández reiteró su talento para mimar su banda izquierda, y marcó un bárbaro gol que puso las tablas en el marcador en el 33’. La misma noche donde brilló el mediocentro Marcos Llorente, siendo la principal baza de los babazorros en la recuperación de balón.

Messi, único en su especie, firmó otra de sus actuaciones para adjudicar a su club la vigésimo novena Copa del Rey. De este modo, el We are the champions de Queen se entonó en las voces culés.

La contradicción de las situaciones, sin embargo, refleja dispares sensaciones. Lo que en Vitoria habría sido una fiesta por todo lo alto, en Barcelona, para algunos sectores, parecía tapar vergüenzas y no ser digno de celebración.

También es cierto que en Can Barça se ha creado la costumbre de ganar, y bien. No vale ninguna otra forma. Es como si se tuviera la necesidad de disfrutar del juego para sentirse merecedores de galardones.

Para el Alavés habría significado hacer historia y lograr una plaza en Europa. Palabras mayores para un equipo modesto que decidió quitarse esa etiqueta y dotarse de personalidad. En cambio, para el FC Barcelona fue bálsamo insuficiente para sanar una temporada herida, donde reinó cierta desilusión y se liquidó con un único título frente a una aspiración hambrienta.

Ese es el precio de la costumbre a ganar y del estatus. La apreciación para asignar el valor de las cosas. La comparación constante con el eterno rival, que también cobra su peso. Todo sabe a poco cuando el vecino trae a casa más que tú.

LEER MÁS: Alavés, gracias por recordarme lo que es el fútbol

Precisamente por esos motivos, en los grandes clubes, tal vez se disfruta menos de lo debido. Más veces, sí, pero de manera distinta. La exigencia es máxima.

Cuando te cruzas con una afición que no deja de creer en poder transformar un sueño, te contagias de esa magia que define el fútbol y de todo lo bonito que mueve. Hasta el punto de que, probablemente, puedas poner en duda si quieres que, bajo todo concepto, esa Copa se coloque en tu vitrina. Los colores nos tiran siempre, y a veces, las gestas también arrastran.
Así, perder ante un Alavés no duele tanto, y ganarle quizás no satisface en plenitud.

En estos clubes donde predomina más cercanía, es más sencillo respirar la naturalidad. Supongo que por eso la institución nos regala imágenes de momentos únicos en la Copa del Rey, donde, por ejemplo, se puede ver como Pellegrino, el hombre que ha manejado el timón del barco, plantea “De qué manera podemos ganar”. O escuchar a Manu García dedicando palabras a sus compañeros en el vestuario. El mismo que emocionó en los micros tras el partido, y quien ha publicado una carta donde plasma sus sentimientos, con realidad, sin cortinas medio opacas. Transparencia y puro sentimiento que conecta con el alma de cualquiera.

Supongo que por eso las lágrimas son tan sentidas. Y Deyverson se toca el pecho cuando mira hacia la grada. Allí, donde la ilusión no se ha esfumado. Entre una afición que les ha respaldado de principio a fin. El mismo que se calienta en el terreno de juego, y que al derrotar al Celta consoló a la afición rival mostrando su otro lado, el que le define como persona.

Supongo que por eso también, Ibai Gómez nos mostraba ayer en redes la otra parte del fútbol. Sí, la que también existe. Palabras de despedida para su amigo Llorente. Porque en el verde se dibujan diagonales con un esférico, y en la vida, líneas infinitas de amistad.

Nunca mejor dicho, ésta es una gloriosa derrota. Porque tiene una magnitud intangible, que no se puede tocar, y sí sentir. Porque al ser vencido uno se refuerza. Y hacerlo con el mérito del Alavés, es sinónimo de sentirse ganador.

En los tiempos venideros no será Pellegrino quien organice rondos ni dé convocatorias. Ha fijado su rumbo hacia su tierra, donde reina el olor a asado y el calor de su gente.

Otros pilares fundamentales también han cogido billete con destino a la capital. Así como otras despedidas que sucederán.
El mercado de verano ha empezado con prisa, el Alavés ya cuenta con el fichaje de Rubén Duarte y Ermedin Demirovic.

Los finales de temporada ocasionan salidas y llegadas. Y con ello, el Alavés iniciará un nuevo proyecto. Sin embargo, nadie podrá olvidar a aquellos que formaron parte de la familia albiazul que consiguió la segunda final de su historia, escribiendo uno de los capítulos más significativos de la narración histórica del club.

Ineludiblemente, los deseos del fútbol suspiran larga vida en Primera al Alavés, ese equipo que aparentaba que llegaría de puntillas y se convirtió en el equipo revelación de La Liga.

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