Fútbol italiano

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Agostino Di Bartolomei: un capitán triste

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Agostino Di Bartolomei tenía ciertamente un carácter introvertido, reflexivo y melancólico. Tuvo que convivir durante toda su carrera deportiva con la etiqueta de antipático. “Creo que el hecho de que me guste estudiar y formarme ha contribuido a que me haya ganado esa fama”, declaraba. Era efectivamente un apasionado de la literatura: ávido lector de Trilussa y de Belli, autores de bellísimos y tristes versos que tan bien han descrito el temperamento de los habitantes de la ciudad de Roma. Uno de sus compañeros de equipo, el portero Franco Tancredi, hablaba así de su gusto por la pintura: “durante los viajes al extranjero, él y Liedholm realizaban escapadas para visitar alguna exposición, recuerdo una de Van Gogh en Holanda”. La tristeza de Ago era la tristeza del romano, un sentimiento lúcido y sabedor de la decadencia desde el tiempo en que dominaba el mundo hasta nuestros días. “Agostino tenía una cultura superior a la de casi todos nosotros y a la media de los futbolistas italianos, que se hacía notar sobre todo fuera del campo, cuando disfrutábamos de una cena con la familia, en su casa o en un restaurante”, sentenciaba su amigo Bruno Conti.

30 de mayo de 1984

Los bares están tomados por los tifosi. El amarillo y el rojo de sus bufandas tiñe todo el paisaje. En todas las plazas el viento agita la misma bandera: el verde de las llanuras lombardas, el blanco de los Alpes y el rojo de los volcanes son el fondo sobre el que se asienta el dibujo de un lupetto. Otros aficionados han preferido no salir de sus casas y ver el partido frente al televisor. La euforia y el entusiasmo esperables se pueden palpar en muchos lugares. Sin embargo, en algunas zonas, sobre todo en los barrios más alejados del centro, el tiempo parecía haberse detenido para siempre. Ningún coche circula por las calles. Los quartieri de Tuscolano o de Tormarancia se desplegan como vastas regiones, frías y fantasmales. En el campo de la Chiesoletta no rueda ningún balón. El padre Guido, organizador de aquellos torneos, había decidido no programar ningún encuentro. Son los lugares de la infancia del capitán de la AS Roma, Agostino Di Bartolomei, pocos minutos antes de enfrentarse al poderoso Liverpool en la final de la Copa de Europa.

La ciudad se dejaba llevar y se mimetizaba con el carácter de Diba. En el camino hacia el Estadio Olímpico se presagiaba la tragedia: una urbe sepultada bajo sus propias ruinas, de toda su gloria solo queda el Tíber. En su grandeza, en su hermosura, huyó todo lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura.

Y aunque todo estaba dispuesto para que la AS Roma, que jugaba como local esa final, levantase aquel trofeo de campeón por primera vez; la derrota llegaría callada, silenciosa. No había sido un camino fácil: IFK Göteborg, CSKA Sofia, Dinamo Berlin y unas durísimas semifinales contra el Dundee United. Los romanistas habían perdido en tierras escocesas por dos goles a cero. La vuelta se jugó el 25 de abril, el día de la Liberazione. La directiva consiguió un cambio de horario y el partido se disputó en un campo atestado de hinchas y bajo un sol de justicia. Dos goles del bomber Roberto Pruzzo empataron la eliminatoria y Agostino asumió la responsabilidad de lanzar el penalti que a la postre les daría el pase a la finalísima.

Era el partido más importante de la historia del club. Era el partido de sus vidas, nadie lo negaba. El nerviosismo se respiraba en un ambiente cargado de electricidad. Las enormes banderas y el humo giallorosso de las bengalas se extendían más allá del graderío invadiendo la pista de atletismo. La misma pista que los jugadores recorren al celebrar sus goles con la curva Sud. En esa zona del campo se puede ver una gran pancarta con la frase “non passa lo straniero”. Todo está listo. Por parte de la AS Roma, el entrenador Nils Liedholm confía en Tancredi, Nappi, Bonetti, Righetti, Falcão, Nela, Conti, Cerezo, Pruzzo, Di Bartolomei y Graziani. Los ingleses de Joe Fagan salen con Grobbelaar, Neal, Kennedy, Lawrenson, Whelan, Hansen, Dalglish, Lee, Rush, Johnston y Souness.

Minuto 15 y golpean primero los Reds: centro al área de Johnston, mala salida de Tancredi que choca con Whelan y deja el balón muerto, despeje de Bonetti que rebota en el cuerpo de su propio portero y disparo de Neal que llegando desde atrás marca a puerta vacía. En el 42 empataba el equipo local: balón al área que golpea en Lawrenson y regresa a los pies de Conti, nuevo centro, Pruzzo le gana la partida a Hansen y conecta un gran cabezazo que acaba en el fondo de las mallas. Uno a uno.

Ese sería el resultado con el que se llegaría al final de los 90 minutos y también el mismo que señalaría el luminoso al término de la prórroga. Los penaltis estaban servidos. El primero lo tira Nicol y se marcha alto. Di Bartolomei lanza para los italianos con su habitual estilo: poca carrera, tiro centrado y gol. Neal engaña a Tancredi y anota para el Liverpool. Es el turno de Conti, que lanza con potencia y su disparo se va fuera rozando el larguero. Souness y Righetti convierten los dos siguientes lanzamientos. Rush hace el tercero para los ingleses. Graziani falla tras el famoso baile de Grobbelaar y Kennedy sería el autor del definitivo 4 a 2. Mientras los aficionados del Liverpool festejan la consecución de su cuarta Copa de Europa, la Curva Sud no cesa en sus cánticos.

A día de hoy algún romanista todavía se pregunta por qué Paulo Roberto Falcão, l’ottavo re di Roma y uno de los mejores centrocampistas de su época, no lanzó ningún penalti en aquella tanda.

30 de mayo de 1994

Diez años habían pasado desde la final europea. Diez años exactos. Lejos quedaba ya el scudetto ganado en la 82-83. Lejos las temporadas en Milán. Lejos también el día de su retirada vistiendo la camiseta de la Salernitana. Allí, en San Marco di Castellabate, cerca de Salerno, decidió continuar su vida junto a su esposa Marisa. Un pequeño paese junto al mar, ilusionantes proyectos relacionados con el fútbol en su cabeza… Parecía un retiro soñado, pero a veces las cosas se complican.

Aquella mañana Agostino se levantó de su cama temprano. En silencio, procurando no hacer ruido. Salió de la habitación sin cambiarse de ropa, con un pantalón de chándal azul y una camiseta de pijama beis. Bajó las escaleras descalzo para dirigirse al estudio. Allí guardaba las armas, otra de sus grandes pasiones: una carabina 4,5 mm, una pistola 357 Magnum y la Smith & Wesson calibre 38. Extrajo esta última de una caja y la cargó. Ya en el gran balcón de su casa apretó el gatillo y una bala se disparó directa al corazón.

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El primero en encontrar el cuerpo ya sin vida de Agostino fue su hijastro Giancarlo, que intentó sin éxito practicarle la respiración boca a boca. Luca, el pequeño de la casa, por suerte ya se encontraba en el colegio. Marisa, entre lágrimas, se resistía a enfrentar la realidad: “Ayer por la tarde estaba tranquilo… Estuvimos paseando cerca del puerto en compañía de mis primos que habían venido desde Roma. Cenamos en familia y luego salimos. Jugamos también al frisbee con los niños. Estaba sereno. La tragedia me ha cogido totalmente por sorpresa”.

“Un campeón demasiado solo”, “Ago, un disparo al corazón”, “La nostalgia del fútbol mata a Di Bartolomei”, se podía leer en la prensa. Y una pregunta sin respuesta que todos repetían: ¿por qué?  Quizá un par de malas inversiones, quizá algún sueño frustrado o puede que, como escribió Galeano, un mal día Ago descubrió que se había jugado la vida a una sola baraja y que la fama, señora fugaz, había volado.

En el bolsillo de un traje Agostino dejó una nota. Un trozo de papel cuadriculado hecho añicos que, una vez reconstruido, permitió aclarar los motivos de una muerte buscada. Estaba dirigida a su esposa. La caligrafía diminuta y ordenada, los trazos nerviosos:

 

Querida Marisa,

me han rechazado el crédito porque la BNL no quiere emitir una autorización para hacerlo, a pesar de que Anastase estaba dispuesto a pagar su parte.

Me siento encerrado dentro de un agujero, los fondos de la Región están todavía congelados, para el crédito deportivo el municipio no regulariza los papeles.

Mi gran error ha sido tratar de ser independiente de todo, de no haber sabido decir que no a nada de lo que me pidió la familia, de haber adquirido aquel terreno en Franco-Giovanni en vez de tratar de ir a trabajar a Roma.

No hay ni una lira, que haya pasado por mis manos, que no haya sido usada para nuestra familia: gimnasio, ático, terrenos; no hay ninguna sombra en mi relación con, ninguna traición, solo malinterpretaciones.

Te amo, y adoro a nuestros hermosos niños, pero no veo la salida del túnel.

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