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Agna Egea y el Trailwalker, un mensaje para amar la vida

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Imagina caminar durante horas para recoger el agua que necesitas para vivir. El mismo trayecto de ida debe repetirse para volver a casa, pero en la segunda ocasión se añade el esfuerzo de llevar sobre la cabeza los bidones llenos.

Por suerte, tú sólo debes imaginarlo. Por desgracia, ocurre en algunos lugares del mundo. En aquellos donde se intenta realizar un trabajo para integrar a la mujer en una cultura que le otorga las tareas del cuidado del hogar, y en este caso, de la gestión y recolecta del agua. Niñas que destinan su tiempo en la búsqueda, y pierden el derecho de una educación que debería prepararlas y acompañar su aprendizaje. El acceso, aparte de tiempo, implica un desgaste físico. Además, se contraen enfermedades por beber agua contaminada, y algunos niños han perdido su vida por ello.

Acostumbrados a vivir entre facilidades, es incomprensible que todavía millones de personas carezcan de agua potable.
Erradicar la pobreza debería ser posible, pero la injusticia y los desastres naturales siguen colocando barreras.
El deporte es una de las herramientas para seguir cambiando un mundo injusto, en desigualdad, donde la pobreza de algunas poblaciones arrebata derechos humanos.

Oxfam Trailwalker es un reto solidario y deportivo, convertido en fenómeno mundial. En España se celebra desde 2011. Actualmente se realiza en Girona y Madrid, y este año se celebrará la primera edición en Euskadi. 100 km en un máximo de 32 horas, caminando o corriendo. Una prueba por equipos con cuatro participantes y dos compañeros de apoyo. Una recaudación de donativos como requisito de participación destinado a proyectos Oxfam Intermón para luchar contra la pobreza. Entre ellos, la construcción de pozos que faciliten el acceso al agua potable. El recorrido de la prueba conecta con el camino de esas niñas y mujeres, y ofrece la posibilidad de cambiar vidas a través de esos kilómetros.

No se trata de una prueba más, el Trailwalker se diferencia por características y valores humanos. Se trata de cruzar una meta conjuntamente, conocerse a sí mismo en situaciones límite y trabajar en equipo, distando con la competitividad. La preparación no sólo requiere de su debido entrenamiento, también existen acciones de recaudación que dan más valor a este ultra trail. Tras todo lo que engloba este conjunto de elementos, se esconden historias fascinantes. Y aquí es donde me encuentro frente a los ojos de Agna Egea, una mirada vital, que refugia el dolor de sus vivencias. Superación en su retina y un iris pintado con el color de la solidaridad.

A media mañana de un día frío, espero para conversar con ella, a sabiendas de que me aguarda un maravilloso relato. Sé que estuvo haciéndose una resonancia magnética a las cinco de la mañana. Justo cumple 27 años. Tras el saludo y la felicitación, le pregunto cómo es posible hacer pruebas en horas que exigen un amanecer anticipado. Ella contesta que no le importa, piensa en los otros pacientes que no tienen recursos para llegar tan temprano al hospital y en las personas mayores. Generosa, así es Agna. Su vida ha tenido tramos con cotas excesivamente altas y dolorosas, pero agradece vivir, sin más, con una sonrisa de oreja a oreja que dibuja un relato que puede llegar al alma de cualquier humano.

Agna fue diagnosticada de esclerosis múltiple a la edad de 16 años, tras 12 meses de incertidumbre. En esa incógnita durmió el miedo noche tras noche. A esa edad, donde toca tener la mente en otras cosas. La confirmación del diagnóstico parece que le provocó una sensación, en parte, de alivio. Y que los médicos calmaran su pánico afirmando que no iba a morir, le hizo respirar hondo y aferrarse a que podría encontrar los recursos necesarios para afrontar la patología. A partir de allí, tomó un camino de aceptación con la enfermedad, a la que ella bautizó como su amiga invisible.

Problemas familiares, y la propia esclerosis, le hicieron vivir en distintos hogares e ir realizando sus estudios con debidas pausas. Pero Agna alcanzó otro objetivo, logrando dedicarse a lo que realmente le identifica. Integradora social de profesión, con personas de discapacidad intelectual en pisos tutelados. La imagino, repartiendo la alegría que trasciende de esa enorme sonrisa para hacer la vida de los demás más sencilla.

Me narra el periodo de más de una década, en la que ha realizado tres tratamientos distintos y ha padecido brotes de pérdida de visión y movilidad, cuando la enfermedad estuvo más activa. Ha pasado por el proceso de las agujas y los duros efectos secundarios, que en ocasiones le impulsaban a renunciar al procedimiento médico, las horas de hospital durante cuatro años para recibir tratamiento intravenoso, que tuvo que cesar por el riesgo de despertar otra enfermedad, y la medicación oral, que le funciona de manera óptima a pesar de disminuir sus defensas. Me describe esa fuerza y exigencia al decirme que durante todo ese tiempo hizo muchas visitas médicas sin la compañía de nadie. Sencillamente, no quiso desgastar la energía de los demás y reservarla por si en un futuro la precisa ineludiblemente.

Estos once años también le han hecho sufrir dolorosas pérdidas. La figura paternal y el precoz adiós de Ainhoa, su hermana mayor y pilar esencial de su vida, cuando tres años atrás un cáncer forzó la despedida. Se le quiebra la voz cuando habla de ella, tiene que detenerse un momento para tomar una minúscula pausa antes de pronunciar el siguiente sonido. Intenta reflejar con palabras una complicidad y comprensión que no goza de explicación y sí de sentir.

A pesar de todos los golpes que han atizado sus sentimientos, Agna es una persona positiva, un ejemplo a seguir y un referente de superación. Aunque la frustración y la rabia se asoman cuando hay un retroceso, busca alternativas y se aísla en el deporte, ese instrumento que transforma vidas. Antes de conocer la enfermedad, ya fue competitiva en la escuela y jugaba a fútbol, pero debido a la patología tuvo que interrumpir la actividad física. Fue a través de la esclerosis múltiple, cuando el segundo tratamiento le proporcionó una mejora, el momento en que reveló su disconformidad con el sedentarismo de sus días. Así empezó a correr, a descubrir su pasión por el running, a ganar fuerza y salud, a decidir que la práctica del deporte fuera más allá.

Soñadora y con franca voluntad, se inspiró en tres hombres de hierro: Diego Velázquez, Luis Fernando Serrano y Ramón Arroyo, que han participado en la dura prueba de Ironman. Así nacería el reto de participar en una media maratón, que terminaría a pesar de lesionarse. Aunque tuvo un brote sensitivo el mes anterior, en noviembre cumplió con el propósito de realizar el Camino de Santiago junto a 27 escleróticos apartados de los muros que intenta construir la enfermedad. Agna realizó cinco etapas con fiebre. Sus bajas defensas le exponen a altas posibilidades de contraer enfermedades causadas por bacterias y virus. Al volver a cero tras ese extra de esfuerzo por no querer frustrar la inversión de un largo tiempo de espera, aprendió que intentarlo debe ser más que suficiente y que no es positivo marcarse demasiados objetivos.

Este 2017 es el año de Agna. Visualiza una nueva meta, fijada tras 100 km de camino, de esfuerzo y entrenamientos. Es el punto final del Oxfam Trailwalker, la conclusión de una prueba que le está aportando grandes experiencias.
Creó su blog “La EM no me para”, siendo la principal vía de recaudación de los donativos necesarios para participar, vaciando esa congestión de sentimientos y dando voz al silencio.

El Trailwalker está siendo un cúmulo de sensaciones. Le atrae la dificultad, y la parte solidaria de la prueba conecta con el sentir de la esperanza por lograr más recursos para las personas que lo necesitan. A través de este objetivo ha conocido a otras personas que padecen la enfermedad y le ha brindado la oportunidad de acercar la EM a la sociedad. Su equipo se compone por amistades de la infancia y el soporte de fisioterapia, alimentación, logística y asistencia sanitaria. Y sobretodo, por su pareja, la columna con la que se sostiene desde hace 12 años. Acostumbrado a los retos establecidos y a la personalidad que la define, él apoya incondicionalmente todo lo que se propone.

Los entrenamientos se adaptan a la disponibilidad que le permite su rutina. Iniciación de pocos días, introducción de otras disciplinas y aumento de ritmos. Todo respaldado por su entrenador, que conoce bien las necesidades de la esclerosis múltiple por padecerla también. Cada recomendación está alineada con la enfermedad y sus debidos cuidados. Agna informa a sus médicos cómo gestiona la preparación. Está todo organizado para que se cumpla un sueño que significa mucho más que el trayecto de 100 kilómetros. Cuando mencionamos la palabra ilusión, se le dibuja ese gesto sonriente. Su mente visualiza lograrlo.

La alimentación y el deporte le dan ese plus para cubrir unos días que son el antagonismo del relax. Horas de entrenamientos, extras en el trabajo y tiempo priorizado para visita familiar. Curioso, para una persona que debería padecer fatiga, encontrar en ella una batería inagotable, que se va recargando a ratos sin quedarse nunca vacía. Agna afirma que no sabe cómo sería sin la enfermedad, que con ella ha confeccionado su personalidad. No imagina otra vida sin su amiga invisible. Es el sello de una luchadora nata, con ganas de vivir y soñar despierta.

Tras este hallazgo que me deparó el destino, me siento aferrada a saber cómo transcurrirán los kilómetros de Agna el día 1 y 2 de abril en Girona. Ella expresa que en el bagaje de su mochila se lleva un poco de cada persona con la que se ha cruzado, en un trayecto del que ya se dio el pistoletazo de salida. Los primeros metros ya se han andado, con tus piernas, que son las suyas.

Vuelvo a mirar sus ojos al despedirme, veo vida. La que cada uno decidimos vivir.

Fotos: Agna Egea

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