Fútbol inglés

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Adrian Doherty, la estrella que nunca pudimos ver

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Antes de empezar a leer esta entrada, es importante poner la mente en blanco. Olvidar todos los problemas de la vida y simplemente disfrutar de cada palabra, cada línea, con los versos de fondo de Forever Young de Bob Dylan. Porque así lo habría querido Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos llegar a ver. La leyenda de Old Trafford que el periodista Oliver Kay, redactor jefe del Times, ha revivido en su libro, titulado del mismo modo que la canción de Dylan (y que puedes adquirir vía Amazon aquí), en honor al espíritu y gusto de Doherty.

Dicen los que jugaron al fútbol a su lado que no había nadie con la pelota en los pies como él. Que el talento que Adrian Doherty (10 de junio de 1973, Strabane, Irlanda del Norte) poseía era único y que no ha habido otro como él, ni posiblemente lo habrá. Ryan Giggs, de alguna forma, le da las gracias porque si Adrian no se hubiera lesionado, “nunca habría podido tener una carrera a tan alto nivel, él me habría cerrado la puerta”. Matt Bradley, su descubridor, le define como “el mayor talento en un campo de fútbol desde George Best” y Brendan Rodgers, que compartió césped con él en sus inicios como jugador, asegura que “Ryan Giggs y los Neville admiten que Doherty era mejor que ellos”.

Cuentan los que le conocieron en profundidad, que Adrian Doherty era mucho más que un futbolista excepcional. Que tenía un aura especial, que estaba tocado con una varita, que todo lo que hacía, lo hacía bien (salvo dibujar, como remarca un amigo suyo de la infancia). Adrian Doherty era ese chico capaz de aprender a tocar la guitarra por sí mismo, de componer canciones y poesía (su gran pasión) como pocos con mucha facilidad. Adrian Doherty era ese chico que, por pura diversión, regalaba sus entradas para ir a Old Trafford y se metía en el metro a tocar la guitarra. Ese chico que, con 13 años, en plena época de violencia en su pueblo por la guerra de las dos Irlandas, fue capaz de apartar a un batallón de soldados de sus quéhaceres y ponerse a jugar con ellos al balón en mitad de la calle. Aquel que “jugaba al fútbol como Ryan Giggs y tocaba la guitarra como Bob Dylan”, en palabras de su excompañero en Manchester Sean McAuley.

“Le veías en el campo y era muy rápido y habilidoso. Un jugador excelente con ambos pies. Adrian era completamente un talento natural, lo hacía todo parecer muy fácil. Trístemente, justo antes de hacer su debut con el primer equipo, se lesionó de su rodilla”, se deshace en elogios Sir Alex Ferguson sobre él. “Ferguson era durísimo conmigo. Me gritaba varias veces cada entrenamiento cuando era un juvenil. Y luego, miraba a la otra banda y veía cómo nunca regañaba a Adrian. Claro, que para ser sincero, he de decir que siempre lo hacía todo bien, señala Giggs.

Y es que, casi por encima de los Busby Babys, en Manchester se recuerda a la tan aclamada ‘Class of 92’, la generación de jugadores entre los que estaban David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, Gary y Phil Neville y Nicky Butt, entre otros, como la mejor generación de la historia de los Red Devils, esa que llevó al club a la gloria y que inició el proyecto de lo que hoy es el equipo más laureado del país y uno de los clubes más exitosos de todo el planeta. Han hecho entrevistas, han grabado vídeos y hasta se ha rodado una película-documental contando sus vivencias, pero lamentablemente, nadie recuerda a Adrian Doherty, o como en el seno de Old Trafford se le conocía: The Doc.

Doherty, abajo a la derecha, en 1990 | Getty Images

Adrian Doherty no era un futbolista al uso. Pasó algo más de cuatro años de adolescencia siendo jugador del Manchester United, recibiendo una paga semanal por parte del club inglés, y nunca se le vieron delirios de grandeza. Doherty no llevaba tatuajes, ni ropa de marca. No le ponía interés a su imagen, no lucía peinados extravagantes. Jamás se le vio con el pelo engominado, la moda de entonces y pasaba por los espejos sin reparar en el reflejo de su imagen. Nada le importaba el qué dirán. Algunos le definían como bohemio. Otros, como hippy. La mayoría concluye que simplemente era Adrian Doherty. El chico que nunca sabía dónde había puesto el traje y la corbata que tenía que llevar los días de concentración y que acostumbraba a llevar siempre ropas anchas. Aquel que con 16 años bajaba a desayunar con los jugadores del primer equipo del United en chanclas y pijama mientras era norma no escrita que se hiciera con el chándal oficial y deportivas. Aquel que fue el segundo jugador de la historia en firmar un contrato profesional a la edad de 16 años, solo superado por Duncan Ferguson.

Adrian Doherty nació y creció en Strabane, en medio de las revueltas que surgían en las dos Irlandas, inmersas en un proceso de guerra civil que derivó en que el chico viviera entre las recurrentes bombas y los crueles asesinatos que se cometían en su entorno. El segundo de cuatro hermanos, Adrian, o Aiden, como se le conocía en casa, heredó de su padre el gusto por el fútbol y, sobre toda las cosas, por el Manchester United. Jimmy, su progenitor, había jugado para el Derry City, el club local y rápido transmitió sus genes futboleros a su nueva generación.

Las primeras muestras de su habilidad llegaron en la escuela primaria, en el colegio St. Mary. Allí se enroló en el equipo del colegio, con chicos todos mayores que él, pero eso no importó para dejar a todos boquiabiertos al poner en práctica lo que había practicado tantas tardes con su hermano mayor Gareth en el jardín de casa. “Era un crío, era más pequeño que todos, pero ya le veías que era el doble de bueno que el resto”, admite su amigo Nial. Una visión que corrobora John Farrell, que solía arbitrar los partidos locales de las categorías infantiles.“Incluso a la edad de 8 y 9 años ya le veías que era demasiado bueno. Él cogía el balón y… no puedo describirlo. Era como un lagarto, era una especie de Johan Cruyff.

Su padre empezó a darse cuenta de las capacidades de su hijo a la edad de once años cuando le veía solo en el jardín, sin la mirada de nadie más y empezaba a disfrutar con el balón, o con lo que fuera. “Empezaba a rematar de cabeza el balón contra el muro de casa. No lo dejaba botar. Le veías hacerlo sin problema 100, 200, 300 veces como si nada y el balón no caía. Entonces, cuando pensabas que lo había hecho todo, dejaba a un lado el balón de fútbol, cogía una pelota de tenis y lo repetía. 100, 200, 300 veces. Y no se le caía, lo hacía como si fuera la cosa más sencilla del mundo”. Adrian no lo hacía por lucirse, simplemente, por pura diversión.

A la edad de 12 años, por primera y última vez, un entrenador se atrevió a quitarle del césped. Fue en un campus de verano y Brian McGillon era el encargado de dirigir a los jóvenes en un partido de fútbol gaélico (ver las normas del deporte y su desarrollo aquí). Adrian no tocaba el balón con las manos, se recorría el campo entero controlando con la cabeza y los pies.

Volvió entonces a disfrutar del fútbol en el equipo Melvin, donde llevaba desde los 11 años. El entrenador decidió subirle a la categoría Sub15, con chicos tres y cuatro años mayores que él. “Adrian destrozó mi carrera como futbolista”, recuerda su hermano mayor. “Tenía cuatro años menos que yo y el míster me había dicho que le iba a subir a nuestra categoría. Él jugaba en banda derecha, como yo, y después del primer partido yo ya era su suplente.

Adrian Doherty se dio a conocer públicamente en Irlanda el 5 de mayo de 1983, con casi 13 años. El Derry City había acordado jugar un partido amistoso con el Nottingham Forest, entonces entrenado por Brian Clough y considerado como uno de los mejores equipos del mundo tras su reciente doble conquista europea. Como teloneros, antes del gran evento, había preparado un partido entre los chicos Sub14 del Derry City y un combinado de jugadores de la categoría de la zona. Ahí, entre ellos, estaba Adrian Doherty, preparado para dejar boquiabiertos a toda una multitud que se había dado cita para ver el plato fuerte de aquel día.

“Para ser sincero, nadie habló del partido entre el Forest y el Derry City aquel día. En boca de todos solo estaba el chico al que acababan de ver, señala Peter Hutton, jugador-entrenador del Derry. Y es que Adrian marcó los dos goles de la victoria 2-0 ante el Derry Sub14, que era claramente favorito, de una forma que hoy reconoceríamos como ‘estilo Messi’. Los goles, por cierto, pasaron vagamente por Youtube hace unos años, aunque rápidamente fueron censurados por Copyright. En ellos se podía ver a un joven chico con las piernas muy largas regateando a todos los que salían a su búsqueda y con una rapidez y un control de balón impropio para un crío de 13 años.

Tal fue su exhibición, que Brian Clough quedó anonadado y envió Liam O’Kane, su asistente, a que tuviera un acercamiento con su entorno. Sorpresivamente, O’Kane y Jimmy Doherty habían compartido vestuario años atrás en el Derry City y la ‘negociación’ fue sencilla: El Nottingham Forest quería a Adrian Doherty a toda costa y se fijó una fecha para hacer una prueba. De forma paralela, Doherty dejó Melvin y pasó a jugar en Moorfield Boys, un club que entrenaba Matt Bradley, scouter profesional que había trabajado para el Celtic y para varios clubes de la Primera División Inglesa. “El momento en el que le vi, sabía que era el mejor chico que había visto desde George Best, admite Bradley.

Entonces, el Arsenal estaba siguiendo a McIvor, un compañero de Adrian en Moorfield. El ojeador John Dillon había sido enviado para seguir al jugador, pero tras ver un partido de exhibición del nuevo chico, rápido cambió su hoja de ruta y se centró en Doherty. “Esa misma noche nos llamó y nos dijo que el Arsenal quería ficharle”, señala Jimmy Doherty. A los pocos días pasó una prueba y al día siguiente ya tenía el acuerdo con el Arsenal preparado para ser cerrado. Matt Bradley, seguidor empedernido del Manchester United, dolido porque le iban a quitar a su perla, escribió una carta a Sir Alex Ferguson. Ya que le iban a quitar a su jugador, que lo hiciera el equipo del que él era hincha. Ferguson no dudó en responder a la petición de su homólogo y mandó a un ojeador a ver jugar a Doherty. Solo hicieron falta 10 minutos para que el Manchester United ofreciera su futuro a Doherty.

“Hemos observado a su hijo y queremos ofrecerle un contrato”, le dijo Sir Alex Ferguson al padre de Adrian cuando llamó a la familia por teléfono. “Cuando evaluamos a un jugador joven, vamos marcando las casillas en las que destaca: Velocidad, coraje, técnica, fuerza, visión y algunas más. Con Adrian hemos marcado todas las casillas, lo que es extremadamente raro”. Arsenal y Nottingham Forest no tenían nada que hacer.

Así, con 14 años (aunque llegaría a la entidad de forma oficial meses más tarde), Adrian Doherty se convirtió en jugador del Manchester United, cuya camiseta solo se quitaba para ponerse la de Irlanda del Norte, en cuya selección juvenil jugaba desde hacía tiempo y donde compartía equipo con Brendan Rodgers. En una Irlanda dividida, ser católico aparentaba ser un gran hándicap. Era el único de toda la plantilla en serlo. Eso levantaba ampollas y prejuicios que se esfumaban nada más le veían tocar el balón. No obstante, eso y la incapacidad futbolística de sus compañeros le hizo pensarse en más de una ocasión cambiarse de bando y jugar con República de Irlanda, donde ciertamente sería mejor aceptado por ideología familiar y donde podría tener una mejor carrera internacional.

Poco a poco empezó a integrarse en la vida del Manchester United. Vivía en un centro junto a otros compañeros y hacía largas concentraciones a las que iban todas las categorías de los Red Devils. Le costó adaptarse a vivir fuera de casa, tanto que incluso, un día, pidió al club que le dejaran volver a casa. Ferguson, sabedor del talento que tenía entre manos y que Doherty no era como el resto, le permitió marcharse unos meses. Pero Adrian nunca quiso volver. La morriña que sufría en el Cliff, famoso centro de entrenamiento del United desde 1938, le impedía sentirse cómodo y el club acabó haciendo una excepción única para que el chico viviera en casa de unos familiares lejanos, que residían relativamente cerca del cuartel general del United.

Los tiempos en Old Trafford eran difíciles. El equipo rozaba el descenso en la temporada 1989/90 y Sir Alex Ferguson estaba en el alambre. Su continuidad como técnico estaba en entredicho y solo el buen hacer del equipo juvenil, que lideraba Doherty por la derecha junto a Giggs por la izquierda, mantenía la posibilidad de un futuro esperanzador. Ferguson le había dedicado mucho tiempo a los juveniles y eso lo sabía la directiva, pero los resultados inmediatos que exigía la grada para el primer equipo no llegaban y eso pesaba demasiado. A la gente descontenta, entonces, se le invitó a acudir a los duelos del equipo juvenil, donde la directiva estaba segura quedarían maravillados.

Esos partidos los seguía, y los sigue, Tony Park. Park es uno de los aficionados más célebres del Manchester United, conocido por su exhaustivo seguimiento de todas las categorías desde que tenía uso de razón. Su colección de libros del club es inenarrable y guarda recortes, fotos y notas personales de cada partido que pudo disfrutar, que en categoría juvenil, han sido prácticamente todos en los últimos 40 años. “Era un demonio de jugador. Si puedes llegar a imaginarlo… Coge un poco de Ryan Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis y un poco de Cristiano Ronaldo. Mézclado todo, y ahí tienes a Adrian Doherty”, revela Park, que describe en sus crónicas particulares las hazañas de Doherty con el equipo juvenil. “Él era imparable, recuerdo a un entrenador del equipo decirme que solo había tres jugadores en toda la plantilla que llegarían al primer nivel: Giggs, Scholes y Doherty. Solía decirme que Giggs tenía una zurda magnífica y velocidad y Scholes era control y muy constante en el juego, pero que Doherty lo tenía todo”, añade Park.

Gary Neville, que era dos años menor que Doherty y ya de vez en cuando entrenaba y jugaba con su equipo, recuerda: “Tenía un talento fantástico. Tenía mucha facilidad para regatear jugadores, poseía una gran habilidad. No he visto nunca nada como él. Tienes que tener mucho cuidado cuando haces este tipo de comparaciones, pero tenía una habilidad como la de Messi.

Con 16 años y 287 días, Sir Alex Ferguson incluyó a Adrian Doherty en una concentración con el primer equipo del Manchester United. Era el jugador más joven en hacerlo desde que en 1953 lo hiciera el mítico Duncan Edwards. Varios jugadores de la primera plantilla estaban entre algodones y, de no pasar una prueba física, Adrian haría su debut oficial en una convocatoria. No sucedió, pero el jugador empezó a sumar convocatorias ya con el primer equipo. Ferguson quería que cogiera experiencia, pero de momento rehusaba a darle la alternativa pues el equipo juvenil estaba en las fases finales de la FA Cup y quería que su mejor jugador le diera el título al segundo equipo.

Al final de la temporada 1989/1990, Doherty fue llamado a las oficinas del club. Allí se le ofreció un contrato profesional. A excepción del mencionado Edwards, nunca antes ningún jugador firmó un contrato profesional a tan temprana edad y, además, ninguno había llegado a las cifras que el Manchester le ofrecía a un jugador que ni siquiera había cumplido los 17 años. 200 libras semanales fijas, más bonus por partidos, victorias, goles, más una suma de dinero de cinco cifras que no se quiso revelar al final de cada una de las cinco temporadas que le habían ofrecido.

Doherty, que jugaba al fútbol por divertirse, que no esperaba, ni quería, la admiración del graderío cuando tenía el balón en los pies, que solo quería disfrutar del momento por querer sentirse Forever Young, que, pese a que tenía ambición por ser el mejor jugador del mundo, no perdía un solo minuto que pudiera dedicar a componer canciones y poesía, decidió rechazar el contrato. “No sé dónde quiero estar en los próximos cinco años”, se excusó.

“¿Cuánto quieres firmar?”, preguntó Ferguson.

“Un año, quizás dos”, contestó Doherty.

“Tienes que pensar bien lo que estás diciendo. Es una buena oferta, hay chicos en tu equipo que darían su brazo derecho por un contrato como esté“, sugirió el técnico.

Al final, Adrian Doherty firmó por tres años y ligó su futuro inmediato al Manchester United, que ya estaba preparando el terreno para su debut oficial con el primer equipo. Adrian Doherty fue informado, de forma oficial, de que iba a entrar en una convocatoria en los próximos partidos. Sin tener que esperar a que un compañero no pasara el corte médico, sin tener que aguardar al último momento para saber si iba a estar en el banquillo o en la grada, Adrian Doherty se preparó para el día que estaba marcado en rojo en el calendario de su vida: el 3 de marzo, ante el Everton, iba a ser el día de su debut. Pero llegó el día y, en su lugar, quienes sí debutaron fueron Giggs y Darren Ferguson. Doherty, en cambio, vio el partido desde la grada junto a Steve Bruce, Bryan Robson o Mark Hughes, todos lesionados.

“No te preocupes, llegará pronto”, le dijeron los veteranos. Adrian, tocado de su rodilla por un ‘pequeño’ problema surgido apenas 10 días antes, se cayó de la lista en el último momento. Y es que ese pequeño problema fue más grave de lo que a priori pareció y terminó con la carrera de un futbolista que nunca llegó a jugar un partido profesional, que fue el mejor jugador que nunca pudimos llegar a ver y del que sólo disfrutaron unos pocos afortunados.

“Aún puedo ver, cada día, el partidillo y el momento exacto en el que Adrian se rompió el cruzado, o cualquiera que fuera la lesión que tuvo”, admitió Sir Alex Ferguson en 1999 (8 años después de la lesión), mirando desde la ventana de su despacho el campo de entrenamiento donde todo sucedió. Fue el 23 de febrero de 1991, una semana antes del partido contra el Everton que nunca pudo jugar. El Manchester juvenil estaba jugando un partido de entrenamiento contra los chicos del Carlisle cuando la rodilla de Doherty hizo ‘BANG’. “No fue falta, simplemente un balón dividido. Fuimos al choque, la rodilla se me torció y yo me caí. No me dolía, me levanté e intenté correr rápido a por el balón, pero no podía andar”, explicaba Doherty.

Jim McGregor, fisioterapeuta del club, intuyó que se podía tratar del cruzado. Nadie entró en pánico. La rotura del ligamento cruzado hasta entonces era una lesión prácticamente desconocida. Los esguinces o las distensiones sí estaban más vistas y con algo de reposo y rehabilitación, el jugador podía volver a jugar en unas semanas. Ese fue el primer diagnóstico que se le dio a un Adrian que, ahora sí, admitía sentir un dolor insoportable.

El problema es que ningún médico se ocupó del caso en primera instancia, y McGregor, que solo era un fisio, no puso nunca en los informes que podría ser una lesión de ligamento cruzado. Nadie ordenó hacer un escáner, se concluyó que el chico tenía solo un esguince y que rápido estaría disponible para jugar. Así, el 22 de marzo, su nombre aparecía entre los titulares del partido de FA Cup juvenil ante el Southampton en el folleto que se repartía en la puerta del estadio, aunque nunca llegó a jugar.

En mayo del mismo año, dos meses y medio después de la lesión, Doherty volvió a los campos. Haciendo rehabilitación por su cuenta, sin asesoramiento del club, Adrian ya estaba de vuelta para jugar el torneo Blue Stars, donde los juveniles de los mejores equipos de Europa medían sus fuerzas en partidos de 40 minutos. En solo 24 horas, Adrian jugó cuatro, todos completos. Cuando terminó el torneo y sin casi tiempo para llegar de Zúrich, Adrian fue convocado para ir con el primer equipo a un doble encuentro amistoso en Trinidad y Tobago. En vista de la situación de fatiga que sentía y de la cercanía de la lesión, le pidió al club que le liberara y tener así algo de descanso. La misiva fue rechazada y Adrian viajó con el equipo para caer lesionado en el primer partido. Esa rodilla no estaba bien.

Se fue entonces de vacaciones, como el resto de la plantilla, y volvió el 24 de julio para preparar la pretemporada. Fue entonces, cinco meses después de la lesión, cuando el cuerpo médico se decidió a hacerle una resonancia magnética en la que se descubrió que tenía una rotura en el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha. Una lesión que no era desastrosa, según Jonathan Noble, el médico que se encargó del caso, que decidió que no era necesario operar.

El 4 de septiembre de 1991 no había ningún signo de mejora por parte del jugador, por lo que Noble se decidió a practicarle una artroscopia, en la que se descubrió que el jugador tenía también roto el menisco y se corroboró el diagnóstico de la rotura del ligamento, aunque Noble continuó afirmando que no era necesaria una cirugía de reconstrucción del ligamento.

Así, Doherty se enfrentó a días, semanas y meses de recuperación, siempre por su cuenta. Haciendo los mismos ejercicios de fuerza día tras día, hora tras hora, en soledad, mientras en el campo anexo disfrutaban del balón los que ya eran sus compañeros del primer equipo.

El 7 de diciembre de 1991 Adrian Doherty hizo una nueva aparición con el equipo reserva. Allí, la expectación era máxima por dos motivos: ver al chico norirlandés que estaba en boca de todos de vuelta y comprobar si aquel pelirrojo apellidado Scholes que llevaba semanas jugando a gran nivel era realmente tan bueno. Ian Brunton, un especialista del equipo reserva del Manchester durante años, recuerda su reaparición como “Catastrófica. Él parecía una sombra del jugador que yo había visto antes. Esto suele ser normal en jugadores que han estado mucho sin jugar, pero a él se le veía raro. Ni siquiera su estilo de correr era el mismo.

11 días después, el 18 de diciembre, el médico Noble pidió una segunda opinión y se decidió a operar al jugador. “O pasas por el quirófano, o no podrás volver a jugar al fútbol de nuevo”, le dijo el doctor. Habían pasado 10 meses desde la lesión y el jugador había reaparecido hasta en tres ocasiones distintas, con el ligamento cruzado y el menisco rotos.

Sin confiar en Noble, que había cambiado de diagnóstico muchas veces en poco tiempo, Adrian y su padre viajaron en búsqueda de una nueva opinión, que recaería en el cirujano McClelland. “Mi sensación era que con la lesión que tenía sería muy difícil volver a jugar al fútbol a nivel profesional. Que aunque lo consiguiera, no recuperaría su nivel previo, señaló el doctor. La operación se le practicó en febrero de 1992, un año después de la lesión y durante los siguientes dos meses el jugador tuvo que empezar la rehabilitación en su casa, por su cuenta, sin ninguna supervisión, de forma totalmente rudimentaria, utilizando sacos de arena para los ejercicios de fuerza y viejas ruedas de bicicleta para las que requerían de elasticidad.

En abril retornó a Manchester para empezar ejercicios con los fisioterapeutas y la opinión de McGregor era que la operación no había salido bien, como sí aseguraban los médicos del club. Un mes después, toda la plantilla y cuerpo técnico se fue de vacaciones. Doherty, que vivía con su amigo Leo en un piso compartido, hizo las maletas y de un momento a otro se plantó en Estados Unidos. De manera simultánea, los únicos en Mánchester que seguían con actividad eran los juveniles, donde Giggs, los Neville, Gillespie, Savagge, Beckham, Nicky Butt y Paul Scholes se alzaban con el título mientras Doherty se dedicaba a tocar sus canciones en locales de poca monta, a recitar sus poemas en los trenes de la Gran Manzana.

Con el fin de las vacaciones, la rutina de gimnasio retornó hasta que el 30 de enero de 1993, casi dos años después de la lesión, el momento parecía haber llegado: Adrian Doherty tenía el alta. Volvería a jugar al fútbol. Sus primeras actuaciones fueron totalmente desesperanzadoras. Dicen que antes de la lesión, nunca un lateral pudo arrebatarle el balón cuando Adrian iba en carrera. Ahora parecía otro, totalmente vulnerable, superado siempre por su par. Un jugador mortal con un mal día, pero uno detrás de otro.

Adrian confirmaba entonces a su entorno que no estaba 100% recuperado de su rodilla pero, con todo, llegó a confesar a su padre que empezaba a sentir las sensaciones positivas del pasado. Lo hizo tras encadenar varias actuaciones notables y su llama del fútbol, esa que llevaba dos años apagadas, pareció por poco brillar. Quizás Adrian Doherty, el chico al que se le había roto el corazón por no haber podido debutar con el Manchester United ante el Everton en marzo de 1991, volvía a sentir el gusanillo del fútbol más de dos años después.

Poco le duró la alegría, pues en una decisión tan extraña como oscura el Manchester United decidió no renovarle y ahí acabó su historia, con 20 años, en el que había sido el equipo de su vida, del que era fan desde niño. “No parecía dolido ni enfadado. Desde el primer día pasó página”, afirman su padre y su madre. Rápido entendió y aceptó que el fútbol no iba a ser su vida y ni siquiera se molestó en buscar un nuevo equipo. Se dedicó entonces en cuerpo y alma a la composición, a su música, a sus poemas. Y no volvió a hablar del Manchester United, ni de su pasado como jugador, nunca más.

La sensación de despecho que no tenía él sí se apoderó de su entorno, que no entendía que, tras dos años de lesión, al club le hubieran bastado cinco partidos para decidir que no era un jugador válido, en una lesión que deja importantes traumas psicológicos y que necesita readaptación. Para más inri, ese mismo mes de mayo, según Adrian salía del club por la puerta de atrás, el Manchester United se proclamaba campeón de la Liga Inglesa por primera vez desde 1967. Era el inicio de la era exitosa de Ferguson. Aquel que mantuvo su puesto porque en el equipo juvenil jugaba un Adrian Doherty capaz de sostener, con sus actuaciones, el mal rendimiento del primer equipo, de apaciguar las críticas porque él era el futuro del Manchester United y lideraría una generación esperanzadora.

Cuando las noticias de su salida de Old Trafford llegaron a Irlanda, rápido en las filas del Derry City se empezó a trabajar para intentar fichar al jugador. Adrian había rechazado a numerosos equipos de la Premier, se había asentado en Preston ya entonces, y el club le ofreció no entrenar y acudir solamente a los partidos los fines de semana. Como simple hecho de diversión, pues la Liga Irlandesa no era profesional, y por defender los colores que una vez había llevado su padre, Adrian aceptó la oferta. Roy Coyle, entonces a cargo del Derry, llamó a Ferguson para preguntarle por el estado del chico, temiéndose entonces que llegara un crío con aires de grandeza que alterara el vestuario. “Si él consigue estar sano, centrado y motivado, puede jugar a cualquier nivel”, contestó Ferguson.

Lo que se presentó aquel día en Irlanda fue totalmente lo contrario de lo que Coyle auguraba. Un chico con ropas anchas de segunda mano, despeinado, con una guitarra a cuestas y un par de botas de fútbol viejas. “Todo lo contrario de lo que te puedes imaginar de un adolescente que ha hecho dinero jugando en el Manchester United”. Tras su primer entrenamiento, nadie tuvo ya dudas, su toque de balón seguía intacto. “Tú no debes estar aquí. Eres demasiado bueno para nosotros. Tienes que estar aterrorizando defensas en la Premier League”, le dijo Coyle al segundo día. Ciertamente, el entrenador quería que Doherty acabara firmando con ellos mucho tiempo, pero sentía que tenía el deber de convencerle para que volviera a la Premier League, donde cualquier equipo que no fuera el Manchester estaría dispuesto a ficharle.

El caso es que, tras la disputa de cuatro partidos, Adrian Doherty decidió dejarlo. Se sentó con el entrenador y le confirmó que no podía seguir jugando. “Me dijo que no se divertía ya jugando al fútbol y que el dolor que él sufría cuando jugaba en su rodilla era insoportable. Que se quería dedicar a tocar la guitarra”. Y ahí acaba la carrera como futbolista profesional de Adrian Doherty, que se puede resumir en un puñado de partidos amistosos con el primer equipo del Manchester United y cuatro como jugador del Derry City.

Y eso, cantar, fue lo que hizo. Dicen que no se le daba nada bien (se le puede ver micrófono en mano en varios locales en vídeos de Youtube) eso de entonar, que lo suyo ciertamente era la composición, para lo que era un dotado. Aunque por su faceta de showman, fue capaz de ir poco a poco logrando espectáculos, que la gente se divirtiera con él y vivir de ello durante un tiempo. Trabajó también en una fábrica de chocolate, como botones en un hotel, en una panadería, como cartero y en una fábrica de metal. Nunca le dijo a nadie quién era, ni de dónde venía. No mencionaba que había sido jugador del Manchester United, y que llegó a ser considerado el mejor talento de Irlanda y el futuro mejor jugador del mundo.

John O’Connell, el dueño del hotel que le contrató como portero, le dejó una habitación en su casa para vivir. “Yo siempre veía el fútbol. Era la época en la que Manchester United y Newcastle se jugaban todos los títulos. Siempre intentaba que Adrian viera el fútbol conmigo, pero nunca mostró ningún interés en ello”, señala. “Me dijo que había trabajado en muchas cosas antes, pero no mencionó nada de su pasado como futbolista“. Adrian, hincha desde la cuna del Manchester United, ya no sentía nada por aquellos colores. Adrian, inseparable amigo del balón, no volvió a tocar uno de manera radical.

Su vida acabaría prematuramente de la forma más trágica posible. Tras vivir dos años y medio en Preston y cuatro en Galway, Adrian Doherty puso rumbo a Holanda, donde le había llegado una oferta de trabajo. Quería probar nuevas experiencias y no dudó en hacer las maletas.

Imagen: So Foot

El 7 de mayo del 2000 un paciente entró en coma en un hospital de La Haya. presentaba graves daños cerebrales y había estado expuesto a una alta falta de oxígeno tras haberse caído a un canal y haber quedado inconsciente. No tenía documentos de identificación y lo único que se sabía de él, por su apariencia, era que podía ser escocés o irlandés y que presentaba una cantidad enorme de marcas y cicatrices en su rodilla derecha. Adrian Doherty, que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, estuvo cinco días sin identificar hasta que su familia, preocupada porque no daba señales de vida, consiguió dar con él.

Adrian Doherty murió el 9 de junio del 2000, justo un día antes de su 27º cumpleaños. Ese mismo año, el Manchester United había vuelto a ganar la Premier League y justo un año antes, los Neville, Beckham, Scholes y Ryan Giggs, esa generación que él estaba llamado a liberar, se había alzado con la Liga de Campeones tras remontar un duelo apasionante al Bayern Múnich en el tiempo de descuento. La policía determinó, tras una larga investigación, que su muerte fue accidental (cerca de 100 personas pierden la vida al año en Holanda por la misma causa) al ir corriendo a coger un tren para ir a trabajar, resbalar y caer al canal. Los médicos aseguraron que, de haber sobrevivido, podría haber sufrido daños cerebrales irreparables.

En su funeral, su hermano pequeño, a quien Adrian había enseñado a tocar la guitarra, tocó para él ‘Forever Young’, de Bob Dylan, que era su cantante favorito. El Manchester United propuso la creación del Adrian Doherty Trophy, un memorial a jugar cada año que su familia rechazó y en 2007 sacó un artículo en su programa prepartido que contaba la historia del jugador, titulado ‘Adrian Doherty: The star we never saw’. “Iba a tener una carrera asombrosa. Tenía un talento terrible, era un jugador habilidoso, no era débil en ningún aspecto”, admitió Gary Neville al ser abordado, justo al final de su exitosa carrera.

La historia de Adrian Doherty pasará de padres a hijos, de generación en generación, como la historia de lo que pudo ser y nunca fue. Una lesión de rodilla nos apartó de ver a un jugador que todos tildaban como superlativo. Un chico del que, todos los que habían jugado con él, admitían era el mejor jugador que habían visto jugar. El ojito derecho de Sir Alex Ferguson, cuya carrera salvó jugando incluso en el equipo juvenil. Ryan Giggs, David Beckham o Paul Scholes eran meros teloneros, acompañantes, de un chico que podía jugar con la derecha, con la izquierda, correr, cambiar de ritmo cuando quería o regatear en corto sin flaquear.

Cuando Brendan Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y en Cliff Ground y entonces la conversación se desvió. “Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro”, apuntaba Rodgers. “Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda”.

Foto principal: Belfast Telegraph

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