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AC Milan, un Duomo en ruinas

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Joel SIERRA & Marco CASINOS | “El Milan tendrá que caminar con sus piernas”. Estas fueron las palabras de Silvio Berlusconi en 2009, que decretaban el final de una época dorada en el conjunto milanés. El proceso en parábola descendiente ha tocado fondo. Una gestión deportiva nefasta y una incierta política de fichajes han hundido un proyecto que años atrás parecía invencible.

Desplome económico

La sanidad económica y el Fair Play financiero se adelantaron a lo deportivo con consecuencias terribles: el adiós de emblemas como Zlatan Ibrahimovic o Thiago Silva. Los abonos caían y las críticas se multiplicaban. Una epidemia de mediocridad se extiende ya entre todos los integrantes de la plantilla y si la Serie A hubiera comenzado en 2015, el Milan estaría un punto por encima del descenso. Sin una hoja de ruta, con una defensa capaz de sufrir hasta cuando el rival no está en predisposición de atacarle y con jugadores con más fama que fame, la campaña de los milaneses es una de las que menos ha ilusionado en la capital de la moda.

El patrimonio del conjunto lombardo cada vez es más exiguo y el no clasificarse para la Champions provoca que el Milan deje de contar con una fuente importante de ingresos y, por lo tanto, impide que puedan realizar importantes incorporaciones. La pescadilla que se muerde la cola. Las arcas del club están vacías y desde 2007 todos los cursos se cierran con pérdidas. Incluso en 2009 y tras la venta de su última gran estrella (Kaká) por 67 millones de euros, el combinado italiano cerró el curso sin generar ingresos. Si a ello le sumamos los altos salarios que se pagan por las anodinas prestaciones que están ofreciendo los miembros del equipo, la situación es insostenible. Por lo pronto, ya han tenido que vender el autobús oficial a cambio de 150.000 euros y los tiempos de austeridad y de reestructuración progresiva siguen sin tener fecha de caducidad.
 

 
“Hace veinte años el Milan facturaba más que el Real Madrid. Ahora ni la mitad”, declaraba el propio Galliani, incapaz de encontrar soluciones al mal momento del equipo pero que sigue detentando el cargo de consejero delegado. Y a pesar de que el club está en venta, las condiciones económicas exigidas hacen impensable que el conjunto rossonero pueda abandonar a corto plazo el atolladero financiero en el que se encuentra.

Toca seguir apretándose el cinturón y ajustar las cuentas si el gigante transalpino quiere volver a reinar en Italia y en Europa. Que el equipo juegue tan mal también comporta sus consecuencias negativas desde el punto de vista económico. Los ingresos en los días de partido han decaído considerablemente y San Siro pocas veces presenta más de media entrada.

“Un nuevo estadio es esencial para un club que quiere ser competitivo”. El Milan ya ha presentado el proyecto de su nuevo recinto deportivo, que quiere inaugurar con el comienzo de la temporada 2020-21. La idea es reducir la capacidad hasta 45.000 espectadores (el Giuseppe Meazza cuenta con un aforo de 80.000) y acercar las gradas al verde para crear un mejor ambiente. Fuentes próximas al club aseguran que el nuevo estadio rondaría los 800 millones pero los adláteres de Bárbara Berlusconi ya trabajan en busca de vías de financiación y de patrocinadores que puedan incorporar su nombre al nuevo campo. Además, el estadio contaría con bares, restaurantes o tiendas que generarían dinero cada semana. Véase el caso del Arsenal que, desde que decidió abandonar el vetusto Highbury para mudarse al Emirates, ha visto aumentar sus ingresos año tras año.

Desastre deportivo

Empieza a ser una costumbre en Milanello que los cursos empiecen con nuevo entrenador. Muchos cambios en la plantilla y sin billetes para viajar por Europa. Sin dinero, sin alma, sin nada. Inzaghi, tras su paso con nota por el equipo Primavera, se granjeó la confianza de los mandamases del club para ser el entrenador del primer equipo. Sin embargo, Filippo no ha sabido contagiar al grupo que ahora dirige la pasión y el carácter ganador que tenía cuando era jugador. Sin un plan de juego definido y dejando una imagen realmente pobre en el aspecto táctico.

Los futbolistas, que también tienen su parte de culpa, siguen sin romperse la espalda por el escudo que portan en el pecho. Falta intensidad y sacrificio. El próximo anuncio de tráfico bien podría ser un pequeño video de un partido del Milan que concluyera con el siguiente mensaje: “Haz como ellos, no corras”.

Y es que el Milan se ha instalado en la mitad de tabla de la Serie A de una forma que parece irremediable. El conjunto lombardo ha sido incapaz de hacer virar la negativa dinámica del curso pasado y los numerosos fichajes del reciente mercado invernal (Cerci, Antonelli, Paletta, Bocchetti, Suso y Destro), además de evidenciar en muchos casos lo barato que es hoy día vestir la maglia rossonera, solamente han significado un cambio de nomenclatura en las alineaciones que no ha alterado ni un ápice la pobre propuesta sobre el césped.

A estas alturas de Serie A, el Milan de Inzaghi es prácticamente igual -de misérrimo, se entiende- al Allegri y Seedorf el año pasado. Los datos en cuanto a número de puntos, victorias, goles a favor y en contra son casi calcados. También las sensaciones son muy parecidas, lo que hace pensar que pueda darse un nuevo cambio de técnico antes de que llegue la primavera, una estación que no ha pasado por el yermo césped de San Siro, otrora resplandeciente, en los últimos años.
 

 
Uno de los grandes hándicaps está en el nefasto rendimiento fuera de casa. La última victoria lejos de Milán por parte de los rossoneri fue hace exactamente una vuelta ante el Hellas Verona y únicamente suman otra más -en Parma en la primera visita de la temporada- en todo lo que va de campeonato. Precisamente, el Verona será el próximo rival del Milan en un choque que podría condenar definitivamente a un Pippo Inzaghi que sigue al frente del equipo por la protección directa de Silvio Berlusconi y que solo acumula dos victorias (ante Parma y Cesena en casa) en lo que llevamos de 2015.

Por si todo ello fuese poco, el Milan ha convertido su feudo en un estadio más de la Serie A, incapaz de sentirse grande en un San Siro donde cualquier equipo puede meterle mano descaradamente, ir a por el partido y ganarlo, como han demostrado recientemente Sassuolo, Atalanta y Palermo.

El juego en sí mismo es un solar. En el Milan nada está integrado, nada se ve trabajado y pulido y todo pasa por alguno de los escasos chispazos individuales que puedan salir de las botas de un Ménez cada vez más apático, por la finura de Bonaventura o por la capacidad de cazar goles de Destro. Su falta de propuesta se ha convertido en un auténtico sopor y, pese a haber pasado por casi todos los sistemas posibles (4-3-3, 4-2-3-1, 4-4-2, 4-3-1-2…) sin repetir una sola alineación, Inzaghi sigue sin hallar respuestas ni soluciones.

El fútbol del Milan es mediocre, ramplón, triste, raquítico, inexpresivo, insuficiente como para dominar a nadie y acostumbrado a sufrir ante todos, incluso frente a delanteras de recursos tan limitados como la formada por Pellissier y Meggiorini en el Chievo, que pasa por ser el equipo con menos posesión y acierto de pase de toda la Serie A y contra el que el Milan rascó un paupérrimo 0-0 en el Bentegodi.

El Milan, quinto equipo que menos tira a puerta de la Serie A, tiene unos problemas evidentes de creación en el carril central, abusa del juego vertical, en combinación es un páramo desierto y presenta un ataque posicional que no consigue crear ninguna ventaja. Es, además, el club al que más jugadores han expulsado (8), un dato que refleja la impotencia, el nerviosismo y la zozobra que rigen cada movimiento en el seno del conjunto lombardo y en el de unos jugadores que se han instalado permanentemente por debajo de las expectativas.
 

 

Crisis estructural

A la crisis económica latente se suma la prolongada crisis deportiva y ambas se convierten en una crisis estructural por definición. Sólo hace ocho años de la última Champions League y cuatro desde el último Scudetto y, sin embargo, para el Milan parece haber pasado toda una vida. Una vida de penurias. Sin timón y sin proyecto deportivo definido, el cuadro rossonero es una zodiac parcheada que navega a la deriva a merced de las olas de un nivel indigno e insultante para unas vitrinas doradas que guardan en su interior nada más y nada menos que siete Copas de Europa.

Inmerso en un socavón, epicentro de constantes sacudidas, que se extiende por todos los estamentos del organigrama del club, el Milan es una catedral de interior ruinoso que se tambalea con el cartel de peligro de derrumbe colgado en la puerta, pendiente de una restauración completa que nunca termina de llegar.

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