Sudamérica

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Morir de fútbol

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“¡Viva el Club Nacional!”. Cuatro palabras en un mundano trozo de papel arraigaron desde entonces y por siempre en aquella misma parcela de hierba y tierra rodeada por un círculo de cal indeleble. El abajo firmante se llamaba Abdón y se apellidaba Porte pero todos por allí le llamaban ‘El Indio’. Un montevideano de placenta impregnada en garra charrúa, destinado desde el nacimiento a convertirse en máximo exponente del volante defensivo uruguayo y rioplatense, en un half back muy propio de la época, mezcla perfecta de tesón y quite, de recorrido por fuera y presencia por dentro. Garra, ímpetu, fortaleza, coraje, pierna, pulmón, corazón y pasión. Eso era Abdón Porte. Corazón y pasión. Escrito estaba y escrito quedó.

Este temperamental mentón afilado de mirada noble y silenciosa, recortado y ocasional bigote, largo de cuerpo, de enjuta dureza y de fútbol generoso y austero había llegado a la capital de Uruguay -centro neurálgico del fútbol mundial contemporáneo- desde Durazno, en el centro geográfico del país (siempre en el centro) para, tras dos temporadas en el balompié capitalino, ganarse el billete a uno de los dos gigantes del país. En su caso, al tricolor que marcará sus pasos, sus pases y que inundará sus venas y entrañas desde su llegada al glorioso Club Nacional de Football en 1911.

Desde el principio, Porte se convirtió en un ídolo palpitante y en una pieza sumamente clave para el equipo, tanto que no abandonó su indiscutible titularidad durante más de un lustro. Un mérito deportivo ganado a base de sudor, brega, pico y pala, que le convirtió en el orgulloso capitán de Nacional y le llevó, como consecuencia, a ser parte integrante de la selección uruguaya vencedora por segunda vez consecutiva de la segunda edición de la Copa América disputada en el país en 1917, también ante Argentina, como un año antes.

En el transcurso de esos años, Nacional se había convertido en todo lo que Abdón ansiaba y necesitaba, en su más ferviente fe y en su más sólido asidero. En un padre y en un hijo. En un amor imperecedero. En su vida misma, con toda la amplitud y peso del término. Todo cambió de repente. Tal y como cambia todo siempre. Y aunque es una evidencia ineludible tomar conciencia de que todo se acaba, nadie supo inocularle gradualmente el aforismo. La directiva de Nacional había dictado sentencia, en una decisión tan dura y repentina que casi llegaba a cruel, tras un último curso en el que Porte había declinado ligeramente en su álgido e impetuoso habitual rendimiento.

Dicho y hecho. De cara a la temporada 1918, Abdón dejaría, de manera forzosa e indefinida, su puesto de privilegio y prestigio como ancla y timón en el once en una época de alineaciones de corsé intocable y carente de cambios durante los partidos. El beneficiado iba a ser su compañero, el ‘Pelado’ Zibechi, campeón olímpico años más tarde en los Juegos de París de 1924 y que pasaría del flanco a ejercer de eje en el centro de la cancha, la propiedad más preciada de Porte que, herido y vaciado, no pudo soportarlo. Perder la titularidad significaba perderlo todo para él, absolutamente todo.

El 4 de marzo de aquel mismo año, en los albores del campeonato y tras un partido doméstico ante Charley en el que Abdón había vuelto a jugar de forma pasajera, pero a dejar ver su mejor vigor defensivo y a rendir a un más que buen tono; el equipo se reunió para celebrar la victoria como era norma habitual. Como hombre de gesto taciturno, nadie dio importancia a su premeditada marcha del festejo, en solitario y ya entrada la madrugada. El ídolo de pecho henchido y escudo bordado en su propia piel tenía ahora el alma rota, el horizonte doblado y una determinación tomada. Y como en el rectángulo de juego, no había manera posible de frenar su afán si éste ya había iniciado la marcha.

Porte tomó el tranvía en dirección al estadio que él mismo había elevado para sí y los demás a la categoría de templo, el Gran Parque Central que fue el primer campo mundialista, que es el más antiguo del continente y que hoy lleva su nombre en uno de sus fondos. Saltó la valla y se dirigió a su lugar natural, el centro del campo, para redactar una nota rematada con cuatro palabras en un mundano trozo de papel que dejó con mimo sobre el piso, sobre la hierba y la tierra rodeada por un círculo de indeleble cal que había sido el lienzo de sus pasiones y que aquella noche lo era, en cambio, del mayor de sus temores: la visión objetiva de una realidad despojada de fútbol; la constatación de una más que probable pérdida del abrigo del Nacional de sus amores que creía infinito; la confirmación, en definitiva, de una vida sin vida, porque en su cabeza no había más vida que el ideal de su vida y éste iba ligado a los colores azul, blanco y rojo necesaria, irremediable, irracional e incondicionalmente.

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Finalizada la misiva sin un solo rastro ni atisbo de rencor, Porte extrajo un revólver del bolsillo interior de su chaqueta y se disparó a quemarropa en el preciso lugar que le dolía a rabiar desde hacía semanas: el corazón tricolor que le palpitaba dentro. Una sola bala. Un rumor en la noche. Un estruendo en la historia. Apenas contaba con 25 años y su boda estaba prevista para menos de un mes más tarde. Sin embargo, con la sangre como alianza, Abdón eligió permanecer por toda la eternidad en aquel presente en vías de extinción que tanto amaba, sin resignarse a aceptar las variaciones propias, casuales e inesperadas de la existencia.

Y se hizo viento y bandera, raíz de hierba, pelota de cuero, aliento de hinchada, mito del mito, grito y silencio, santo y seña, dejando su manuscrito epitafio detenido por siempre en el tiempo. Ese “¡Viva el Club Nacional” desaforado que fue y sigue siendo su único credo y pensamiento. A casi un siglo de distancia, todavía hoy muchos -todos aquellos a los que han legado de viva voz la vida, obra y muerte romántica y dramática del ídolo Porte- siguen posando la mirada en el círculo central buscando hasta encontrar en cada juego -como el oasis encuentra el sediento- el mentón afilado de Abdón, con su manija, oficio y lucha en pleno apogeo, vestido de corto, portando orgulloso la cinta de capitán del equipo bien amarrada al brazo con sentimiento y dispuesto a morir por Nacional si acaso fuese necesario hacerlo. Si acaso lo fuese de nuevo.

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