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73-9: Sin anillo significa menos

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73-9. ¿Cómo lo valoramos? Pregunto… Porque el récord no deja de ser asombroso, eso es indudable; pero ¿es en realidad tan importante? Mucha gente asegura que quedará en la historia y que los Warriors serán recordados como uno de los equipos más grandes de todos los tiempos. Está claro que depende de cada uno. En mi caso particular, lo primero puedo avalarlo; lo segundo, siendo justo, no lo veo así. Trataré de explicarme con un ejemplo: cuando los Bulls del 96 registraron solo una victoria menos, Ron Harper entregó a sus compañeros unas camisetas que rezaban: “72-10 no significa nada sin el anillo”. Pues por ahí van los tiros…

Ahora que ha pasado algún tiempo y que apenas quedan resquicios de resaca provocada por unas finales históricas y difícilmente repetibles, podemos mirar atrás con otra perspectiva y analizar desde una óptica diferente el hito de Golden State Warriors. No sé ustedes, pero a mí se me hizo especialmente agotadora la campaña pro-Warriors que llegaba de tantos lugares. Evidentemente el baloncesto practicado por los chicos de la Bahía de Oakland es atractivo casi a más no poder. Basarse en el dinamismo y la fluidez como virtudes sobre las que sostener el control del juego no está al alcance de cualquiera y es algo que debemos reconocer, seamos simpatizantes o no de los de Steve Kerr. Pero argumentado todo esto, en realidad dominar siempre es empresa difícil, y cualquier recurso que dé como resultado la victoria debería ser tenido en cuenta. Evidentemente este equipo es más brillante que otros que han logrado ser campeones de otra manera, aunque bien es cierto que el objetivo final de cualquier franquicia NBA no es otro que el de levantar el trofeo Larry O’Brien. Tantos focos, tanto fuego de artificio, para engrandecer algo que ya era destacable de por sí me pareció desmesurado.

¿Y si yo dijera que Cleveland Cavaliers fue el mejor equipo de la temporada? ¿Acaso alguien podría quitarme la razón? ¿Con qué argumentos? Olvidemos registros, a la hora de la verdad, cuando realmente importa, los de Ohio encadenaron 3 triunfos consecutivos y se llevaron el gato al agua. Quizá nos hemos dejado llevar por la corriente, encandilados por los highlights que inundaban las redes cada mañana tras un partido de Golden State. Los récords de triples de Curry o Thompson y nuestra prisa por situarlos desde ya en el más alto escalón del podio de los tiradores históricos es prueba de ello. A mí que me perdonen, ¿pero acaso Ray Allen (por irnos a un exponente claro del pasado reciente) ya no está en disposición de discutir ese apartado? Y es que no solo son números, sino el momento. El triple en temporada regular de Stephen Curry para ganar un partido en la prórroga en Oklahoma este pasado curso superó en eco al de Ray Allen en 2013 cuando Miami Heat agonizaba ante los Spurs de Popovich; un triple que bien vale una final. Ya no es el qué, sino el cuándo.

LeBron, con los únicos números que valen, los trofeos | Getty Images

LeBron, con los únicos números que valen, los trofeos | Getty Images

Tal vez el empecinamiento les pasó factura. Ver al alcance de tu mano sobrepasar una marca que parece inalcanzable puede ser una golosina demasiado apetecible para cualquiera. A medida que te acercas al objetivo la obsesión es aun mayor. Puede que esto implique descuidar factores como el descanso físico y mental, los sobre esfuerzos e incluso varíe conductas y desvíe la atención de lo realmente importante. Algunos jugadores no llegaron bien al tramo decisivo de temporada y puede deberse a esa persecución a toda costa de entrar en los libros de historia. Recuerdo a Draymon Green asegurar que iban a superar los dígitos de los Bulls del 96. ¿Qué sentiría un atleta de 100 metros lisos batiendo el récord en las series de semifinales de las olimpiadas y después siendo superado en la final? Ya os respondo yo, su propósito es ser oro, no plata. ¿Era pues, sano ese empeño?

Y después la presión mediática. La prensa vive del presente y que un equipo pueda ser el mejor de siempre en a día de hoy son rayos de luz apetecibles de ser compartidos en papel o aplaudidos en tertulias. Se han cometido muchos excesos. He leído columnas en las que se colocaba a Stephen Curry a la altura del mismísimo Michael Jordan. Vender el producto está bien. Aliñarlo es correcto, aunque ya no tanto condimentarlo hasta el extremo. ¿Recordáis a Dickey Simpkins? Formó en el quinteto inicial en 12 partidos la temporada 95-96 con los Bulls y Bill Wennington en 20. Los titulares habituales de Chicago se perdieron 45 partidos ese curso (destacar los 18 de Rodman o 5 de Pippen, que formarían lo que tanto nos gusta denominar hoy ‘Big Three’).  Independientemente de que hablemos de épocas incomparables (por tanteo, permisividad arbitral, ritmos y otros factores), imaginaros a Curry en la misma tesitura. ¿Se valdría él solo para sostener como lo hizo Jordan a su equipo? Vale, no podemos saberlo, 20 años son muchos, los tiempos han cambiado y el baloncesto ha evolucionado. En cualquier caso, pienso que primero debes sobresalir en tu época, y amigos, hasta que no se demuestre lo contrario, estamos en la era de Lebron James y no en la de Stephen Curry, por mal que caiga el primero y bien el segundo. No hace falta ser ‘lebronista’ para entender que nadie hace más cosas en una cancha que el Rey. De modo que no, tampoco es Curry (ojo, designado MVP de la temporada regular de manera justa, como ya hemos escrito anteriormente aquí mismo) el tipo que somete al resto porque esté por encima de los demás. Si como dicen algunas voces Stephen viene de otro planeta, entonces todavía es un ser humano el mejor practicando este deporte.

Es de este planeta, y no es el mejor de este deporte, por ahora | Getty Images

Es de este planeta, y no es el mejor de este deporte, por ahora | Getty Images

Resumiendo, que 73-9 y me mantengo. Hay que ser el mejor cuando toca ser el mejor. En el plano individual y en el colectivo. Como esos Spurs de 2014. El nivel de excelencia máximo el equipo de Popovich lo alcanzó justo en el momento correcto: finales ante los Heat de James, Wade, Bosh, Allen y compañía, sus verdugos el año anterior. Jamás vi un juego más eficiente a la par que preciosista (un baloncesto coral que, para quien suscribe estas líneas, estuvo a una altura superior al de Warriors). 62-20 en Regular Season (gran registro, pero lejos de la hazaña de los californianos), y un ajustado 4-3 en primera ronda de Playoffs ante Dallas Mavericks. Luego 12-4, mostrándose sólidos cuando más importaba. Como los Cavs de este año. Como otros tantos que supieron (y pudieron) ser superiores cuando procedía, en el momento de la verdad. Con más o menos lucimiento, que lo de San Antonio ese año no siempre puede ser.

Con la temporada 2016-17, una vez conocida la incorporación de Kevin Durant al roster de Warriors, ya se habla de la posibilidad de romper de nuevo la marca. No de ganar a Cavs, Spurs u otros posibles rivales. De superar el 73-9. No sé si es lo correcto. Si fuese Steve Kerr imprimiría unas camisetas para entregarlas en el primer entrenamiento. Unas con una frase que dijese algo así como: “El único reto es el anillo”. Y es que mirado desde este plano, puede que los Warriors de 2015 fuesen mejores que los del récord… 

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