FC Barcelona

article title

25 años atrás: viaje a Wembley 92

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

El tiempo, esa magnitud física incontrolable. Algo que se escurre entre nuestras manos, pudiendo rozarle sin atraparle jamás. Entre sus pasos acelerados, nos da permiso para masticarlo, saborearlo y crear un archivo de memoria de gran dimensión.

Tengo 25 años más. Sí, han pasado 25 primaveras desde aquella que hizo brotar una flor especial. Se había cultivado, todos la esperaban. Tenía un color y aroma distinto. Un perfume natural cautivador de olfatos. Era la primera, y todas las primaveras que vinieron después soñarían con ella para que, alguna vez, volviera a florecer con la misma tonalidad y fragancia.

Esa primavera marcó un antes y un después. Ese día se vivió algo que hasta entonces era desconocido. Porque no resulta como lo imaginas, supera las expectativas.

Cuando apenas aprendí a hablar con la debida soltura, pudiendo establecer frases consecutivamente, me enseñaron a decir mi nombre, apellidos y dirección. La coletilla era un guiño al Barça. La típica gracieta que se antoja con los niños. Sin embargo, yo me lo tomé muy en serio. Ese dato pasaría a ser parte de mi identidad. Y con ello llevo toda mi vida. El amor al fútbol, y entre todos los colores, al azulgrana.

Esa mañana de un miércoles amanecía con el nerviosismo de aquellos que tenían reciente en su recuerdo la final de Sevilla del 86, y con la ilusión de los que vivían la primera ocasión de aquellos preámbulos.

Cuando los jugadores saltaron al terreno de juego del mítico Wembley, la exaltación se palpaba en cada hogar culé. En el mío también. Estábamos hermandados frente al televisor. Mi padre estaba algo más alejado. No era su fiesta, porque en el fútbol, a pesar de compartir tantos domingos en la grada del equipo del barrio, somos rivales.

Mi madre, mi hermano y yo, estábamos unidos convocando a la suerte. Nuestros predilectos estaban allí, a punto de disputar una Copa de Europa frente a la Sampdoria. Un viejo conocido tras esa Recopa de la temporada 88-89, y un rival que se había hecho con el Scudetto la pasada edición. Lombardo, Vialli, máximo goleador de aquella liga, y Mancini, máximo goleador del club, estaban allí presentes, dispuestos a darnos la noche.

En la otra línea estaban todos los nuestros. Entre ellos, nuestros favoritos. Koeman, Laudrup y Stoichkov, respectivamente. Sí, Stoichkov era el mío. Ese tipo peculiar de fuerte carácter. Aquél que pisó al árbitro y se mantuvo tanto tiempo alejado del verde por sanción. Quizás extraño para alguien como yo, que siempre intenta hablar de fútbol con prudencia y cautela. Le idolatraba tanto que todo podía ser perdonado. Absuelto de cualquier pecado. Me fascinaba su jefatura, aquella velocidad, con y sin balón, y la dureza de sus disparos. Así es, yo era de Sotichkov y, para mí, el número ocho una especie de cifra de buena suerte. Cuando en un sorteo del colegio tenía que escoger un número, sin duda, ese era el ocho.

Ambos equipos habían tenido su oportunidad, pero transcurridos los 90 y la primera parte de la prórroga, vaticinábamos los penaltis. Aquella distancia de 11 metros que exalta al más sosegado.

Pero el minuto 111 tenía preparado otro desenlace. Eusebio caía, y el árbitro señalaba la falta. Decían en la tele que era una falta ideal para que la picara el neerlandés. Stoichkov se colocaba bien la camiseta mientras Koeman daba algunos pasos hacia atrás, antes de volver al punto donde se encontraba el balón, para intercambiar algunas palabras con el búlgaro. Tocó Hristo, la frenó Bakero, y Koeman ejecutó un trallazo que batió a Pagliuca. La palabra gol en la retransmisión, de sonoridad inolvidable. Me acuerdo como si fuera ayer, y ya han pasado 25 años.

Tenía nueve, entendía el fútbol de una manera distinta. Con la inocencia de no comprender el juego y la virtud de vivir su magia.

A partir de allí se desencadenó una locura y desenfreno que culminó cuando el árbitro pitaba el final del partido. El FC Barcelona era campeón de Europa por primera vez. Los balcones de las casas azulgranas estaban llenos de sonrisas. Unos vecinos se saludaban con otros, con miradas de complicidad, lágrimas en los ojos y gritos de euforia. Las calles de la ciudad se llenaban de sonido y color.

Mi madre nos llevó a Canaletes. No habían normas ni horarios ese día. Teníamos plena potestad para disfrutarlo.

Allí, en La Rambla, pudimos presenciar nuestra primera celebración como campeones de Europa. Algunos a hombros, otros en volandas. Trompetas, cánticos, saltos y mucho color azul y grana.

La siguiente mañana, la portada del Sport vestía los kioscos con la imagen de esa copa de Europa, resguardada por un equipo vencedor. En Marca también se hacían eco de ello, plasmando el trofeo en la página principal de su periódico y brindando con nuestra copa. ¿Eran otros tiempos?

Cuando nuestros jugadores volvieron a casa, se dio el festejo posterior, que fue una continuidad de inexorable y desmedido júbilo.

Antes de que salieran al balcón de la Generalitat, los jugadores llegaban en un autocar, muy distinto al de ahora, donde los futbolistas viven una fiesta en la terraza del vehículo, bailan y comen hamburguesas. Algunas cortinas de ese antiguo autocar estaban cerradas y no mostraban el rostro del pasajero que escondía. Sin embargo, una de ellas estaba abierta, con el cristal despejado. Mis ojos se encontraron con la mirada de Hristo Stoichkov. Creo que las noches de Reyes se quedan cortas al lado de la felicidad con la que cogí ese día mi cama.

Ese momento, el minuto 111, originó una serie de imágenes imborrables. Todas ellas forman parte de la historia del fútbol. Koeman encarando portería, el póster de muchas habitaciones culés, digno de provocar dulces sueños. Esa manera de correr de Koeman con la elástica Meyba de color naranja eléctrico, Alexanco levantando el trofeo, o Pep Guardiola colocándolo sobre su cabeza con ese aire de chaval descarado y encantador.

Hace 25 años. Se respiraba otro tipo de atmósfera, las equipaciones estaban fabricadas de distinto material. Las camisetas se llevaban por dentro y los estadios lucían estructurados de manera distinta. Un conjunto puramente vintage.

Aquella Copa de Europa fue un punto de inflexión en la historia del club azulgrana. Los triunfos de la historia moderna nunca podrían ser contados sin el suceso de esa primavera.
Cruyff cultivó esa flor. El Barça ganó consecutivamente las ligas entre el 91 y el 94. Aquella noche mágica hizo justicia a un estilo de juego, poniendo al FCB en el estatus europeo.

Tuve gran suerte, el destino me esperó. Poder vivir esa primera vez. La primera vez de las cosas. Lo que engloba el significado de la primera vez. La esencia de lo que uno vive en un punto inigualable.
Cuando viajo a ese 20 de mayo de 1992, se me pone, como diría Johan, la gallina de piel. Y cuando vuelvo a ver esa imagen de Cruyff tropezando con la valla para saltar al terreno de juego tras el gol, se me inundan los ojos. Me doy cuenta, una vez más, de cuánto tenemos que agradecerle a aquel hombre que en el túnel le dijo a nuestros muchachos: “Salid y disfrutad”. En esas palabras se escucha el sonido de Wembley, y también, la banda sonora del FC Barcelona.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados